lunes, 22 de junio de 2015

Blur Ya No Tiene Distancias Que Correr

Después de trece años sin editar nuevo material y dieciséis sin Graham Coxon en las guitarras, Blur vuelve al ataque y a demostrar por qué a pesar de todo siguen vigentes
the magic whip

En el 2003, hace ya doce años, Graham Coxon dejaba la grabación de lo que resultaría ser el último disco de Blur hasta este 2015, Think Tank. En ese entonces ya habían pasado casi cuatro años desde el magnífico 13 y la banda llegaba a un inminente y amargo final que se vislumbraba en los múltiples proyectos en solitario de Damon Albarn. Éste parecía más preocupado por lo que sería el segundo de Gorillaz (Demon Days) que por mantener con vida a su banda de siempre.
Pasó mucha agua bajo el puente: Coxon, el otrora guitarrista filoso e incisivo, inició una interesante carrera solista; el bajista Alex James siguió un poco de joda y hasta fue presentador de TV para un  programa de la BBC que llegó a emitirse en nuestra televisión nacional (aunque usted no lo crea los Diarios de la Cocaína por Alex James pudo verse en TNU), y el baterista, el pobre colorado cuyo nombre nadie supo nunca (se llama David Rowntree) como buen nerd se dedicó a la animación digital.

Nadie pudo imaginar que la banda volviese, más aun teniendo en cuenta los entredichos de Albarn y Coxon sumado al éxito del primero con todo lo que hacía (Gorillaz, producciones para el gran Bobby Womack, grabar en África con el maestro Tony Allen, el súper grupo The Good, The Bad & The Ugly, etc.). Claramente el panorama para los nostálgicos britpoperos no era para nada alentador y, sin embargo, los amigos siempre pueden volver a juntarse: dejando asperezas y malos entendidos de lado –y aprovechando el revival de los grandes bandas que tras el billete volvían en tropel- Blur se reunió, giró y hasta llegó a Uruguay.




En medio de esa gira en apariencia eterna, los muchachos quedaron varados en Hong Kong donde –dicen– alquilaron un estudio para matar el tiempo. Mágicamente, de un latigazo como dice el título del álbum que nos ocupa, Blur grabó un buen puñado de canciones a las que terminó de pulir Graham Coxon con Stephen Street, uno de los productores de las primeras horas de Blur. Si bien en estos tiempos de manipulación extrema de la información no deberíamos creer en nada, a los muchachos de Colchester les creemos porque The Magic Whip suena lúdico, juguetón y, si bien en una primera escucha puede llegar a desacomodar, es 100% Blur.

Con lo de más arriba nos referimos a que el disco es un pastiche ecléctico en la mejor tradición de la banda, la de Blur (1997) y el mencionado 13 (1999) y más que nada a la de Damon Albarn solista, sobre todo a su último opus, Everyday Robots(2014) del cual este The Magic Whip parece ser el broche de oro. Los tópicos son los de la alienación, las nuevas tecnologías, el sentirse acompañado pero solo al mismo tiempo, que, sumadas a la imaginería hongkonesa del arte de tapa y los videos, nos hacen pensar en que Albarn comandó la cuestión.






Desde el vamos se puede sentir el filtro mugriento de la guitarra de Coxon en el que sin dudas es uno de los temas del año (“Lonesome Street”), pero lo cierto es que lo que abundan son los climas apesadumbrados y minimalistas (“Ice Cream Man”, “My Terracotta Heart”, “Ghost Ship”) y por momentos experimentales o teñidos de sutiles ritmos asiáticos y africanos (“New World Towers”, “Thought I Was A Spaceman”) que no son más ni menos que las obsesiones de Albarn puestas en un formato canción en el que lo acompaña su banda de siempre. Ojo, esto no es todo, hay momentos más descontracturados como “Go Out”, “Ong Ong” y “I Broadcast”. Pero sobre lo que nos quedan dudas es si este disco es un supuesto fruto de la casualidad o es algo que Albarn venía elucubrando desde hacía un tiempo. Nunca lo sabremos, pero nos quedan las canciones, y en ese sentido, el de Blur es un regreso más que digno.





(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog

¿Cuán Pronto es Ahora?

A poco más de un año de su anterior visita a Montevideo, el gran Johnny Marr deslumbró al público de La Trastienda que, de tan llena, hizo que el frío no fuese un problema por un buen rato.

El ex guitarrista de The Smiths no nos dejó asimilar su primera visita al país el año pasado como parte del festival Rock ‘n’ Fall, en donde su nombre se mezclaba con los de Vampire Weekend y los Pixies. Muchos se llevaron la tal sorpresa cuando este tipo pequeño y grande a la vez, dio un show contundente y poderoso que en cierta forma empañó lo que vino después.

Si se quiere es hasta lógico desconfiar de un ex integrante de una gran banda que sale a girar haciendo temas de la misma, pero en el caso de Marr había material de sobra, por lo que no era necesario que su show fuese un revival nostálgico de The Smiths, ya que si bien contaba con un solo disco solista propiamente dicho bajo el brazo (el muy recomendable The Messenger del 2013), el tipo nunca se quedó quieto. Fue parte de The Cribs, Modest Mouse, The The, The Pretenders y Electronic, entre otras tantas colaboraciones.





Teniendo en cuenta dicho precedente, no sabíamos con qué encontrarnos para este show en La Trastienda, pero los augurios no podían ser malos: cuando nadie lo esperaba el año pasado el tipo dio un gran show y el hecho de que esta vez contase con un marco perfecto como el del local de Fernández Crespo para él solo no hacía más que incrementar las expectativas. El frío obligó a la gente a esperar dentro de la sala que de a poco, fue levantando temperatura de manera insospechada. Y la temperatura subió más aun cuando el mancuniano salió a escena acompañado por James Doviak en guitarra y teclados, Jack Mitchell en batería e Iwan Gronow en bajo.




Marr y su banda abrieron con “Playland”, tema que da nombre a su segundo disco solista (si no contamos el que editó antes de The Messenger con su anterior banda The Healers) que salió, como su dos visitas a nuestras tierras, con menos de un año de diferencia de su antecesor. Acto seguido, provocó que los fanáticos de la banda que lo tuvo como protagonista junto a Morrisey babearan cual perro de Pavlov cuando entonó “Panic”. Casi todos en La Trastienda, como los niños del coro de la canción original, cantamos con los puños en alto “hang the DJ”. Y el recital siguió bien arriba con “The Right Thing Right” de su primer disco solista e “Easy Money”, el contagioso primer single de su último disco. El asunto venía por el lado de la alternancia, porque Marr tocó un gran mix temas de su primer y segundo disco más alguno de su antigua y más recordada banda, y así pasaron “25 Hours”, “New Town Velocity”, “The Headmaster Ritual” (de The Smiths), “Back in the Box”, “Upstarts”, “The Messenger” y “Generate! Generate!”, para llegar luego a otro de los momentos nostálgicos de la noche como fue “Bigmouth Strikes Again”, a la que siguió “Candidate”, la cual sirvió de preámbulo para “Getting Away With It”, el hit del súper grupo Electronic, y para “There Is a Light That Never Goes Out” que cerró la nutrida lista de temas antes del bis.




Pocos minutos después, lo justo y necesario para que la gente no enloqueciese, la banda salió a escena para tocar cuatro temas más, en lo que podemos considerar un generoso bis en el que sonaron “Stop Me If You Think You’ve Heard This One Before” (¡ese título! Típico de The Smiths), “Dynamo”, “I Feel You” (¡cover de Depeche Mode!) y, cómo no, “How Soon Is Now?”, para cerrar una noche perfecta en la que el frío cedió ante el poder de la buena música e hizo que, por una vez, el lunes fuese el mejor día de la semana.


(*) Publicado previamente en Cooltivarte.com/ Fotos: Cinty Posse

Fiesta Ritual

Hablan por la Espalda pasó una vez más por Santiago y no precisamente desapercibido. Gira de tres fechas en lo mejor del circuito under Santiaguino presentando Sangre, su ultimo disco. A ritmo de su autoproclamado Candomblues  HPLE sigue cosechando adeptos tras la cordillera.

Los lazos musicales y en general culturales entre Chile y Uruguay parecen estar bastante distanciados, la inevitable influencia Argentina hacia el Río de la Plata y el Pacífico y la cordillera de Los Andes, esa que nos une por el recuerdo de la heroica supervivencia de un grupo de Uruguayos también nos distancia geográfica y culturalmente. Sin embargo, en los últimos tiempos hemos visto desembarcar al circuito under de Santiago a bandas como Revólver y Hablan por la Espalda. ¿Avidez del publico Chileno por música Uruguaya?.  Parece difícil diagnosticarlo, lo seguro es que la escena local Santiaguina se nutre de bandas con sonido potente, visceral y el publico local (bastante movedizo a diferencia del Uruguayo) lo celebra con creces.

La Gira Sangre de HPLE incluyó tres fechas en el CineArte Alameda, Bar Loreto y Subterráneo Bar, objetivo, presentar Sangre su ultimo disco y celebrar que será editado en digital y en vinilo por el sello local Algo Records.




En el caso de quien suscribe, la cita fue en Subterráneo Bar, uno de los principales escenarios under de la Comuna de Providencia, un subsuelo comparable a BJ Bar sin la mítica columna y algo menos oscuro… La cita temprano a las 22 hs del sábado 13, a esa hora aun con poca gente abría juego Nueva Costa, banda local formados en 2011 con varios EP editados. Un inclasificable hibrido de psicodelia y electrónica ochentosa generando un extraño clima de aperitivo.

Ya con el lugar mas poblado salió a escena HPLE, en el día del debut en la Copa América de Uruguay, con un nocivo para la vista triunfo sobre Jamaica, la banda prometía dar un espectáculo mejor y no defraudó.

“Somos uruguayos pero no mordemos, pueden acercarse, vamos”, el guitarrista Martin Solana pidiéndole  al publico que se acercara al escenario. “Gracias a todos por venir, nos han dado una gran bienvenida, hemos pasado unos días alucinantes, todo muy lindo salvo los perros del aeropuerto que nos olfatearon buscando la del Pepe que no teníamos”, Fermín Solana a punto de comenzar el toque. Señal de buena onda con el publico y señal inequívoca que hoy día los Uruguayos somos conocidos en el mundo por morder personas y por un Presidente que anda en Fusca legalizando la Marihuana.

Luego de dichas formalidades de protocolo largaron a pleno, un show algo corto pero contundente. Las guitarras filosas de “Procesión” del último disco Sangre abrieron la noche y ya se palpaba un ambiente agitado. El público en Chile es mas inquieto, agitan, peludean al borde del escenario y celebran de otra forma, no sé si Calamaro tenía razón en aquella recordada frase “…Los Uruguayos son mas amargos que el mate…” pero en otros lugares la gente se mueve más, de eso no quepan dudas.

Pasaron “Procesión”, “Puede Ser”, “Cabeza de Moto”, “Himnos del  Incendio” de Sangre, el mestizaje sonoro de HPLE logrado en el disco Macumba parece seguir guiándoles el camino. Tal vez en “Sangre” más influenciados por sonido más psicodélico y progresivo.  “…Mi Cabeza es una Moto, arranca de a poco no sabe parar…” reza el simple difundido para lanzar el disco y así podríamos resumir su música, arranca y no sabe parar y en ese trayecto nos pasea por el rock mas visceral, el blues, las raíces candomberas y rítmicamente muy uruguayas en una espiral interminable.  Si a eso le sumamos el aura celebratoria tribal que los viste lo hacen realmente una de las propuestas musicales más arriesgadas de nuestra escena pero vistos en el extranjero, donde no se conocen bien las raíces afro del Candombe es aun mas llamativo. Se ven como una especie de fiesta ritual y celebratoria donde la gente rockea, peludea y baila. Fermín Solana muestra toda su chapa de frontman e invita a la fiesta, el público chileno lo celebra con furia y piden pronta vuelta.

Agradeciendo la hospitalidad y la fidelidad a los fans chilenos que por tercera noche consecutiva iban por esa miscelánea sonora y a pesar de que algunos rebeldes agitan y piden fervorosamente “Calor en el Pecho” la banda deja atrás una nueva cruzada de cordillera. Parece que la fiesta ritual arranca de a poco y no sabe parar, pasó por Chile una vez más y si bien no para, de momento vuelve a dar unas vueltas por Montevideo.




(*) Foto: tomada de la cuenta oficial de Facebook de la banda y pertenece a Sebastián Baison

martes, 16 de junio de 2015

Levantando la Antorcha por los Diez Años

Con motivo de su décimo aniversario, Eté & Los Problems se propuso una doble fecha en Paullier y Guaná. Aquí la crónica del primer recital.

Los liderados por Ernesto Tabárez cumplieron diez años y decidieron celebrarlo con dos recitales en uno de los escenarios montevideanos que más frecuentan, el sótano de Paullier y Guaná. Con la presentación en La Trastienda del excelente El Éxodo (número 2 en la lista de los mejores discos de por acá para Cooltivarte) todavía fresca en la memoria, la banda decidió pasarse a un escenario que permitiese más intimidad. Como ya habían adelantado en su cuenta de Facebook, la oportunidad de verlos el pasado jueves era más íntima aun, ya que el viernes el lugar posiblemente se viese desbordado. Y así fue: sin que el lugar se viese atestado, pero no por ello sin una buena concurrencia, la banda salió a escena bastante pasada la medianoche para empezar tal cual lo hace su último disco, con “El Incendio”.




Siguieron con “Aparte” y hasta ahí el orden fue el mismo que el del disco, pero se saltearon ese hit en potencia que es la irresistible “Jordan” para arremeter con “La Bandera”. Hasta ahí, los temas de El Éxodo fueron los protagonistas, pero enseguida volvieron al también recomendable Vil (Bizarro, 2011) ejecutando el tema que da nombre al disco, al cual engancharon con uno de los clásicos del mismo y de todo su repertorio, “El Futuro”, que fue seguida a su vez por esa gran canción que es “Los Muertos”.




Luego recordaron al fallecido periodista (y amigo de la banda) Marcelo Jelen, quien fuera el único espectador en un recital que dieron hace tiempo, y que siempre bailaba bien adelante del escenario según recordaron. “Como no hay nadie bailando” ironizó Tabárez, “tocamos esta para él”, y lo que siguió fue uno de los momentos altos de la noche, la épica “El Éxodo”, que fue seguida por una de las pocas del primer disco Malditos Banquetes (Sondor, 2008), “El Gesto de la Nada”.



Luego la banda retomó nuevamente su último opus y sonaron la bella “Objetos Perdidos” y la explosiva “Ruta 8”, para que después si le llegara el turno a la esperada “Jordan” (para la cual subió Diego Rebella a acompañar en guitarras). Entre medio mecharon “Confesá” de Vil, volvieron a El Éxodo con “Número Desconocido” para cerrar con “No Sé lo que Pasó” también de Vil y así cerrar un enérgico concierto que tendrá su segundo round. Cumplir años así da gusto.


(*) Este artículo fue publicado previante en Cooltivarte.com

El Hombre Orquesta

Como figura principal del festival Conexión Pernambuco, y en el marco inigualable de la Sala Zitarrosa, el gran percusionista Naná Vasconcelos se presentó en Montevideo tras más de una década.

Se conozca o no su obra previa, lo cierto es que, ante un show del pernambucano, todos caen bajo su influjo. Entrar al mundo de Naná Vasconcelos es como una sesión de espiritismo, es dejarse llevar por las sonoridadaes del mundio y, en particular, de su amada selva amazónica, a la cual el percusionista considera como una de sus mayores fuentes de inspiración, más especiíficamente en la elección de los instrumentos. Sea tocando percusión convencional así como una cacerola, un berimbau o su propio cuerpo, lo de Vasconcelos es profundamente hipnótico. Quizás no sea una experiencia para cualquiera pero sui uno se deja llevar, puede volverse algo único e irrepetible.






En lo anteriormente dicho contribuyó la elección de la Sala Zitarrosa, que fue un marco perfecto para el breve pero contundente show de este señor (tiene 70 años y su energía no lo demuestra) que vino a deslumbrar a quienes tenían menos idea sobre su música y a reafirmar su fanatismo a quienes sí lo hacían. Es curioso como la gente interactuó y cantó con el músico, y digo esto porque el público uruguayo (específicamente el montevideano) se caracteriza por su exceso de respeto y muchas veces hasta por su por su abulia. Vasconcelos mediante el lenguaje de señas hizo que prácticamente todos los concurrentes canten, hagan sonidos percusivos con sus voces y hasta que batan palmas para emular los sonidos de la lluvia en la selva.


                           

                                    



Naná lo dejó en claro: él precisa escuchar “las voces de la ciudad” y por esa razón el show fue tan interactivo y lúdico. Los vergonzosos debieron dejar la vergüenza de lado para entrar en el juego del notable percusionista, que lleva una vida haciendo música y tocando con los más notables, desde Pat Metheny (tras la ida de su agrupación entró en su lugar Pedro Aznar, quien dejó a Serú Girán para sustituirlo) y Egberto Gismonti, pasando por Don Cherry y Collin Walcott (con quienes formó el grupo de jazz experimental Codona). Además de haber participado en innumerables colaboraciones con gente de lo más diversa como por ejemplo, en el grupo del siempre atento a la “música del mundo” David Byrne, nada más y nada menos que los Talking Heads.


     
                                      



Es que Vasconcelos es un ciudadano del mundo, vive actualmente en Nueva York y residió durante un buen tiempo en París, y si bien sus sonoridades remiten al nordeste brasileño, lo cierto es que él mismo no se considera un artista netamente de su país ni que su música pertenezca exclusivamente a él. Pocos se le animan a los escenarios solos, con sus instrumentos de percusión como si de una banda u orquesta se tratase y transmiten lo que Naná logra transmitir. Pero él no solamente se le anima sino que también logra alto vuelo con su música. Un placer para los oídos (y los sentidos todos) el poder presenciar a un artista de la talla de Vasconcelos en un lugar tan acogedor como lo es la Zitarrosa. Recital que dejó en claro además que, muchas veces lo bueno, es breve.






(*) Este artículo fue publicado previamente en Cooltivarte.com

miércoles, 3 de junio de 2015

Django Django Sin Cadenas

Los británicos superan la prueba del segundo disco con Born Under Saturn y dejan en claro que son una banda irresistible

Corría el 2012 y mientras algunos asistían a ver Django sin cadenas de Quentin Tarantino (película en la que el director “homenajeaba” al spaghetti western de 1966 Django, de Sergio Corbucci) en Gran Bretaña, un grupete de nerds con onda elucubraba un disco debut que daría que hablar a la prensa musical británica, siempre incesante  en su búsqueda de la novedad. Y la encontraron. Con un nombre similar al del film de Quentin, estos muchachos salidos de la escuela de arte -cuándo no- condensaron un cúmulo de ideas y estéticas musicales que dieron como resultado un excelente disco homónimo, incluido en la mayor parte de la listas de que recopilan y enumeran lo mejor del año.





Pero la historia es conocida y cada vez más común en estos días: muchas bandas editan un primer disco que los posiciona como la nueva gran cosa para luego desaparecer sin pena ni gloria y ser sustituidas por otras a las que pasará exactamente lo mismo. Sin embargo, los Django Django demuestran que hay excepciones a la regla y que pueden seguir haciendo bien las cosas con su nuevo disco, Born Under Saturn, en el que el amor por The Beta Band, Happy Mondays, Oingo Boingo y el krautrock quedan nuevamente plasmados, sin por ello caer en la repetición, lo cual es más que curioso, ya que es algo que no suele darse a menudo.




Cada una de las canciones de Born Under Saturn remite cada treinta segundos –no hicimos el cálculo matemático exacto, es un decir- a diferentes bandas y músicas, pero es tal la abundancia de información que no podemos determinarlo así como así y tampoco es algo que distingamos en una simple escucha. Parecen convivir varias bandas y registros en las canciones de Django Django, como sucede en la irresistible y saltarina “Shake and Tremble” o en la reposada y flotadora “First Light”. Otros puntos altos son “Reflections” (de excelente y novedoso video, búsquenlo) y “Giant”, la encargada de abrir el disco, que apenas se pueden destacar por sobre el resto de las canciones ya que el nivel es sumamente parejo.





La única precaución a tener en cuenta al escuchar este disco (basada en experiencias personales de quien esto escribe) es el hecho de hacerlo con auriculares en la vía pública, ya que, de verse demasiado inmerso en él, uno puede terminar tirándose un paso delante de los transeúntes que, confundidos, lo pueden tomar a usted como un loco, injustamente, claro está.  Born Under Saturn es demasiado contagioso como para no caer bajo su influjo, pero a veces es bueno dejarse llevar, más aún al ritmo de la buena música.


(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog

martes, 2 de junio de 2015

Hermanos de Sangre

Luego del cimbronazo que supuso Macumba (2009, Sondor/ Estamos Felices) tanto en su propia discografía como en la escena montevideana en su momento, Hablan por la Espalda (de aquí en más HPLE) ataca de nuevo luego de casi seis años de silencio discográfico -es cierto que salió Celebración en el 2012, pero el mismo estaba compuesto por lados B y versiones de Macumba más algún cover- con su nueva placa, Sangre (Little Butterfly/Laja/Algo/Rastrillo/GULP), en la cual siguen por la misma senda de su antecesor, mezclando su amor por The Doors, The Stooges y el hardcore de Black Flag de antaño con el candombe y el rock uruguayo de los ’70, al que todavía pocos conocen pero que, quizás gracias a ellos y a dicho disco, algunos más conozcan.

Si bien es notorio el nexo con su disco previo, en el cual los HPLE viraron del hardcore punk al candombe beat de El Kinto y Tótem y al rock ‘n’ blues de Opus Alfa, Jesús Figueroa y Días de Blues, pegando uno de los volantazos estilísticos más notorios y llamativos en el rock yorugua, lo cierto es que también pueden rastrearse otras influencias más ligadas al rock psicodélico latinoamericano (no sería desacertado decir que hay un “algo” del mejor Santana, el de los dos primeros discos) y al protopunk de Los Saicos.




El disco abre con la poderosa y, perdón por la redundancia, incendiaria “Himno del Incendio”, que deja bien en claro de qué va el disco. Sin embargo, en lugar de seguir por la misma línea, la banda baja unos decibeles para el tema que le sigue, “Puede Ser”, con la que nos indican que también hay lugar para la reflexión y lo introspectivo sin perder la fuerza. Pero estos momentos no duran tanto porque para el tercer tema nos llevan a un paseo a toda velocidad con “Cabeza de Moto”, tema que guiado por el serpenteante teclado nos lleva junto a ellos por un recorrido salvaje que te puede hacer “terminar en el hospital”. Pero el cambio de registro entre tema y tema (e inclusive dentro de un mismo tema) parece ser una de las máximas de la banda, ya que para el cuarto tema (“La Procesión”) puede desconcertarnos la voz de Fermín Solana al comienzo de aquel, para en el estribillo, volver a las fuentes. Así de desconcertante puede resultarnos también la “Canción del Remedio”, lo más cercano a una balada que podamos encontrar en toda la discografía de HPLE.

Así será el recorrido por los ocho temas que componen Sangre: cambiante, enérgico y visceral, producto de “dramáticas circunstancias atravesadas por integrantes de la banda durante los años 2012 y 2013” como dejan en claro en su cuenta de Bandcamp y hecho que no esconden en sus letras, que de tan sinceras y filosas, cortan. Los HPLE hacen catarsis, invocan a los que perdieron en el camino y siguen con el fuego encendido, como siempre, a mil por hora. Porque como reza uno de los temas, en los días más oscuros, fueron capaces de ver la luz.





(*) Este artículo fue publicado previamente en IndieHoy

Sweet Home Alabama

Los Alabama Shakes confirman su gran momento y nos dejan en claro que son una banda a seguir, superando el desafío de un segundo disco a la altura de su gran debut.

Es difícil, más aún en estos días, debutar con un gran disco y estar a la altura con el segundo. Le ha pasado a varias bandas en lo que va de este nuevo milenio el editar un primer álbum prometedor y luego no poder encontrarle la vuelta para cumplir con las exigencias que el segundo conlleva. La lista es larga pero podemos mencionar a muchas de las conocidas en su momento como the the bands  (The Coral, The Music, The Vines y si se quiere hasta los propios The Strokes) que han pasado por ese momento clave en el que debían dejar en claro que no eran banda de un solo disco.

Por suerte eso no le sucede a Alabama Shakes, cuyo debut Boys and Girls (2012) auguraba un gran futuro; aunque hasta no tener un sucesor no se podía saber si iba a materializarse. Sin embargo, los liderados por Brittany Howard (¡esa voz!) lo lograron y pelaron un disco imbatible con Sound and Color, que ya desde los primeros acordes del tema que le da nombre se presenta atmosférico e inquietante,  para luego dar paso a ese clásico instantáneo de su repertorio que es “Don’t Wanna Fight”.



Las  influencias de rock sureño y soul siguen ahí, en su justo lugar. Pero lo que quizás haga que este disco se diferencie de su antecesor son sus climas más reposados y calmos. La banda suena menos garagera y mucho más pulida, pero sin perder nunca la fuerza. En Sound & Color prevalecen los midtempos y la sutileza antes que la furia desatada en muchos de los temas que los pusieron hace casi tres años en el mapa musical.




Temas como “Give Me All YourLove”, “Dunes” y “This Feeling” ganan contundencia con las sucesivas escuchas y dejan en claro que la banda tiene todos sus movimientos calculados. Parecieran afirmar que no es necesario más volumen ni distorsión para conmover. Incluso en los temas más movidos (“The Greatest” y “Shoegaze”) hay una calma sobrecogedora tanto en la ejecución como en la voz. Seguramente para aquellos que los conocieron por temas como “Hold On”,}  esto sea un notorio giro interpretativo. Se nota en su música menos Allman Brothers y más Motown, lo cual no es ni bueno ni malo de por sí, pero deja en claro que la banda sabe hacia dónde va. Lo cual no es poco.






(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog.uy

Tres es Multitud

Detrás del extensísimo y homónimo no-título se esconde uno de los más singulares y frescos lanzamientos de la escena independiente montevideana. El disco hecho a seis manos por estos tres paladines del indie surgió como producto de la mutua admiración y de la diversidad. Porque hay que entender una cosa: este disco está hecho por tres personas que tienen diferentes bagajes e influencias y que hacen cosas distintas por separado. Algo así como el Flopa, Manza, Minimal (2003, Azione Artigianale) pero yorugua, lo de Henry, Meyer y O’Bianchi es la suma de las diferentes fuerzas que hay en cada uno. Salvando las distancias musicales entre ambos discos –que son notorias- la idea base es similar.

Mientras que en aquel recordado disco del 2003 primaba el folk rock alla Crosby, Stills & Nash, acá lo que prevalece es el eclecticismo y, en algunos pasajes, la excentricidad y la experimentación. En varias entrevistas los tres músicos comentaron la infinidad de capas que poseen algunos temas y también la apertura a nuevas instrumentaciones que significó el disco (que se ve reflejada en la gran lista de invitados). Por lo tanto, podemos rastrear múltiples influencias, que pueden ir desde el tropicalismo de fines de los 60 al hard rock setentoso sin escalas. Justamente eso de pasar de una cosa a la otra como si de un zapping se tratase es una de las características más llamativas del disco. Claramente deliberada, la idea del mismo es reflejar la manera de escuchar música en estos tiempos de sobreinformación y la llegada de todo en nanosegundos. Cuando uno empieza a paladear una canción, ésta se termina abruptamente, ya sea con un corte seco o con sonidos ambientes de lo más diversos.



El disco abre con “Alunación 11/10”, que musicalmente puede remitirnos al primer Dyaln y por ende a Woody Guthrie, pero con campanitas, para inmediatamente después (1:47 para ser más exactos) pasar a un rock valvular (“Los Conservadores”) que nos lleva al glam de T-Rex que se diluye -nuevamente- en la exquisita “Candy Bar”, un rock “abolerado” si es que tal cosa existe. Esta canción a su vez deriva en ese viaje entre tribal y psicodélico que es “Ácido en el Trabajo”, quizás el primer tema de duración “convencional” del disco (supera los tres minutos de duración).

Así y todo, convencional es un término que se contrapone a todo el concepto del disco, ya que lo mutante y desconcertante es el eje que atraviesa al mismo que fue, justamente, producto de un “taller de composición” que los tres músicos se impusieron a sí mismos durante dos años. Lo cual (junto al conocimiento previo de la obra de los tres artistas) puede permitir entender más lo descontracturado (y desestructurado) que suena todo, a pesar del gran sonido obtenido en temas de títulos tan delirantes como HOTEL Spinetta”, “Día del Cerebro”, “Arañas de Arroz” u “Ovni Dorado”.

Una rara avis por donde se lo mire, desde el método compositivo que usaron los tres músicos para llegar a las canciones, los títulos de las mismas y hasta su presentación en sociedad (¡una escucha colectiva en un cineclub!), el disco es una de las más refrescantes propuestas uruguayas cosecha 2015. Desde ya, uno de los discos del año de por acá.




(*) Este artículo fue publicado previamente en IndieHoy

Noel Gallagher Mira al Pasado sin Bronca

En su segundo disco solista, el mayor de los exlíderes de Oasis sigue la misma línea de su antecesor, pero a su vez deja entrever algunos guiños a su antigua banda.

Suenan los primeros acordes del tema que abre Chasing Yesterday (“Riverman”), y lo primero que viene a  la mente es “Wonderwall”, el mega hit de Oasis cosecha ’95. ¿Casualidad? Puede que sí y puede que no, porque si leyeron bien, lo último de Noel Gallagher se llama Chasing Yesterday (persiguiendo al pasado) y si bien puede estar hablando de otra cosa, con todos los rumores que se han escuchado en estos últimos días sobre un posible reencuentro de los hermanos más histéricos  y peleadores de la historia del rock, el más grande de los dos deja abiertas las puertas de la duda. ¿Noel se reconcilia con su pasado? ¿Lo persigue porque quiere volver a él? La respuesta es tan ambigua por lo que se puede ver/oír a través del disco que puede ser un sí tímido o un no rotundo.




Por un lado los acordes iniciales de “Riverman” podrían decir que sí, que Noel se sigue copiando a sí mismo y a los Beatles, pero por la búsqueda hasta si se quiere bailable de algunos temas, poseedores de un groove que, en su caso, nunca llega a explotar del todo (que remite seguramente a esos días en que un jovencísimo Noel escuchaba música house en The Haçienda, el mítico boliche regenteado por los New Order que hizo bailar a Inglaterra entre fines de los 80 y principios de los 90 y que inmortalizó a la ciudad de Manchester como Madchester) y de elementos impensables en épocas del reinado britpop como un solo de saxo (¡!) en el mencionado primer tema que hace acordar un poquitín al de “Money” de Pink Floyd, Noel desconcierta y siembra la duda. “Es o se hace” se preguntarán sus fans más acérrimos. La ambigüedad en este aspecto es la que sobrevuela todo el disco.

Hay momentos buenos (quien esto escribe cree que este tema con solo de saxofón es una bienvenida vuelta de tuerca al mundo del Gallagher más crecidito), momentos más o menos y de los otros, los más chatos y a los que nos tenía acostumbrado Oasis en su último par de discos, quizás solo apreciables para quienes son devotos de la banda mancuniana.




Así y todo el hit “In the Heat of the Moment” (perdón por lo cacofonía de la frase pero es la mixtura de idiomas lo que la genera), la ganchera “Lock All the Doors”, la más reposada de “The Dying of the Light” y  “The Ballad of the Mighty I”, la canción encargada de cerrar el disco y la del invitado lujoso, ya que cuenta con Johnny Marr en guitarra, son un puñado de temas más que atendibles y con sustancia, que fuera del anacronismo y tradición que representan en parte, significan un nuevo empujoncito por mostrar que Noel no es un cerrado que se quedó en los Beatles, el glam rock de David Bowie y T-Rex y la energía de los Stone Roses, sino un señor un poco más maduro que está abierto a nuevos sonidos, es decir, a sonidos que nunca acostumbró siquiera a transitar en su mañana de gloria (el saxo) y a dejarse secundar por una voz femenina como sucede en “The Right Stuff”.
Clásico y moderno para sus estándares, Noel Gallagher deja un disco que seguramente dividirá las aguas entre quienes lo aman o lo odian, no tanto por lo musical, sino más bien por lo que puede representar con  respecto a su pasado y a sus dichos.




(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog.uy

El Hermano Menor de Arcade Fire

Conocido por ser el muchacho inquieto en los shows de la banda que lidera su hermano Win, Will Butler se pone el traje de solista y con Policy entrega un disco efectivo, refrescante y adictivo

No debe ser fácil ser el hermano de, menos cuando muchos deben pensar que Arcade Fire es propiedad exclusiva del matrimonio Win Butler-Régine Chassange. Pero el hermano menor de Win despoja de todo prejuicio y se presenta como un músico hecho y derecho, que regala un disco tremendo como lo es Policy, en el cual da sobradas muestras de versatilidad (y mucha onda).

El disco arranca con la garagera y movidita “Take my Side” y sigue con la irresistible y bailable “Anna”. Tan solo con dos temas el capo de Will ya sumerge en su mundo y engancha. Esto sucede porque uno de los aciertos claves del disco es la duración: con la urgencia del punk pero con una musicalidad mucho más rica que la inherente al mencionado género, a Butler le basta con solo ocho temas en 27 minutos para demostrar por qué es alguien a quien hay que tener en cuenta.




Desprejuiciado como pocos, Butler da claras cuentas de sus múltiples influencias, pero lo hace con el amor de un fan y la mixtura de quien gusta del eclecticismo. Hay de todo: funk a la David Byrne en “Something’s Coming”, baladas desoladoras en “Finish Where I Started” y “Sing to Me”, más (post) punk con “What I Want”, algo del gen inglés que va de Lennon a Supergrass en “Witness”, que cierra el disco, y hasta un poco de su propia banda en “Son of God”.




Will Butler no inventa la pólvora con este disco ni tampoco se puede pensar que se lo esté proponiendo, pero si de cantar a viva voz  y de bailar se trata, de pasarla bien y alegrarse con grajeas pop de tres minutos de duración, el hermano menor no solo lo consigue sino que además brinda una más que grata sorpresa. Redondo como pocos de los discos que han salido en lo que va del 2015, el del bueno de Will es una de las sorpresas más vigorizantes y una brisa de aire fresco entre tanta impostura.


(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog.uy

Father John Misty Predica el Amor

El ex-baterista de Fleet Foxes editó su segundo disco con su extraño y sugerente seudónimo y, debemos decirlo desde ahora, ya es uno de los mejores discos del año
father john misty

Josh Tillman, al que ahora habrá que acostumbrarse a llamar por su rimbombante seudónimo Father John Misty, fue hasta el 2012 el baterista de los celebrados Fleet Foxes. Pero ese sitio lo aburrió al punto de que, ese mismo año, peló un disco (Fear Fun) en el que se alejaba físicamente de la banda que lo tuvo atrás de los parches, pero no demasiado en lo musical. Fue un lindo disco igual, pero ese folk que ya parecía de manual en su banda anterior se repetía en cierta forma.

Sin embargo, con I Love You, Honeybear, el barbudo se despega por completo de lo hecho en lo previo. No es que no haya ni una guitarra acústica en el disco, ni que no sobrevuelen los nombres de Bob Dylan, Neil Young o Will Oldham (AKA Bonnie “Prince” Billy), sino que su música se alimenta y ve reforzada de otras que quizá en otros momentos le resultaron ajenas. Su disco está embebido en soul, tanto en lo musical como en su costado meloso y romanticón. Hay notoria influencia del clásico muro de sonido del productor Phil Spector, así como de Brian Wilson -la mente maestra de los Beach Boys- y la psicodelia más amable (o sea, una influencia netamente californiana y no tan de “tierra adentro” como en su primera banda).



Por otra parte el disco tiene un hilo conceptual que es el de la relación del barba (no el de arriba sino el que nos ocupa) con su pareja, la fotógrafa Emma Elizabeth Tillman. Por lo tanto, el tono es autorreferencial y casi cronológico. Como si de un diario de viaje (pero del amor) se tratase, Father John Misty va llevando de la mano por todo lo que esta dulce y copada pareja ha atravesado. Así, se ubica en el nacimiento de ese amor, en el romance, el afianzarse en una relación y todas las dudas y amarguras inherentes al amor. Están tanto las aristas positivas como las negativas representadas, contadas desde lo más íntimo y sin descuidar cierto humor. Merece un comentario aparte la notable “Bored in the USA”, en la cual se sale del idilio romántico para hacer una personalísima visión del estado de las cosas en su país, el del norte, de la cual el propio Bruce Springsteen podría sentirse orgulloso.

Pero volviendo a la música hay que decir que, de no tener letras, las bellas canciones de Father John Misty se sostendrían por sí mismas. No sólo de los grandes autores de EE.UU. se vale el hombre. El desapego con respecto al folk de antaño también va por lo musical, desde los coqueteos electrónicos de “True Affection” pasando por el aire a George Harrison que desprende “When You’re Smiling and Astride Me”, todo el disco es una sucesión de puntos altos, de canciones que escapan a la comodidad de lo que ya es sabido y que dejan un tufillo a clásico flotando en el ambiente luego de escuchadas.


(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog.uy

Tiempo Fuera de la Mente

Y sí, el viejo Bob lo hizo de nuevo. A los 73 Dylan se muestra inoxidable con su nuevo trabajo y desconcierta una vez más con una colección de standards de la era pre rock, que tienen en común haber sido interpretados y, en muchos casos, popularizadas por Frank “la voz” Sinatra.

Vaya tarea en la que se metió el veterano cantautor ya que, en primer lugar, meterse con ese tipo de música hoy en día, parecería añorar aquellos tiempos en los que las canciones sólo hablaban de el amor en todas sus formas y de la vida en general, pero de poca cosa más, hecho que el propio Dylan ayudó a cambiar a principios de los 60′ y, en segunda instancia, es casi una tomada de pelo a su propia historia. Si bien en un pasaje de sus Crónicas Dylan reconocía que le gustaba Sinatra, lo cierto es que decirlo en aquella época era casi venderse, ya que Frank era todo lo contrario a los ideales de aquella generación y un ferviente anti rock.

Será el paso del tiempo que le permite a un curtido Bob, ahora sí, atreverse a este tipo de música y hasta lucirse con ella. Si bien cada movida de Dylan suscita expectativas no debería de extrañarnos lo que haga, ya que está en constante cambio, así como pasó del folk de protesta a la electricidad y a la psicodelia, esta nueva versión suya juega al crooner suave y seductor, más cerca de Leonard Cohen de lo que puede llegar a pensar, haciendo que su voz prevalezca en la mezcla y que la instrumentación sea sencilla y sutil.



La banda de cinco miembros que ejecuta el disco con soberbio ascetismo (mención especial para la guitarra steel de Don Herron) se acopla al canto de Dylan que demuestra que si quiere puede cantar bien. Pocas veces -quizás en Nashville Skyline- su voz sonó tan pura y cristalina; la dicción incluso, permite entenderle prácticamente todo lo que canta, cosa no muy usual en él. Si tenemos en cuenta además que maneja la ironía con más distancia que la usual, estamos ante otra de las transformaciones de este eterno camaleón musical.

Puede que el cantar bien sea un intento por parte de Dylan de tratar de estar a la altura de “la voz” a la que versiona, pero lo cierto es que, más que realizar un mero homenaje a Sinatra, es también una continuación de algo que el mismo Bob comenzó allá por los lejanos 92 y 93 cuando editó Good as I been to You y World gone wrong respectivamente, en los que versionaba viejos temas de blues y folk.

Por más que los haya grabado en los estudios Capitol (donde el mismo Sinatra los grababa) los temas distan de ser un homenaje obvio, ya que acá no hay My Way ni New York, New York, sino que los temas elegidos tienen un algo oscuro, cierto elemento climático que le calza perfecto a la renovada voz de Dylan, que se produce a sí mismo como en los discos que publicó durante los últimos 15 años para, una vez más, demostrar que sea con canciones de Navidad, de Sinatra o suyas propias, siempre puede sorprender.

Belle & Sebatian Pide Pista

Tras cuatro años sin editar nuevo material, los escoceses liderados por Stuart Murdoch vuelven al ruedo con un un disco que, inesperadamente, invita por momentos a la pista de baile
belle and sebastian

La historia es más o menos conocida para quienes se hayan sentido adelantados allá por los noventa por escuchar música indie, cuando esto no suponía casi un calificativo despectivo y sinónimo de paladar hipster: Belle & Sebastian nacieron en Escocia hace casi veinte años, editaron dos primeros discos (Tigermilk y If You’re Feeling Sinister) que los pusieron en el mapa mundial y los convirtieron en protegidos de la crítica y la prensa especializada. Pero no eran un grupo pasajero; eso se intuía desde el vamos por la carga épica, la suntuosidad en los arreglos y cierta intelectualidad que poseían sus canciones, lo que los convirtió, quizás sin proponérselo, en parte de la intelligentsia rockera de aquel momento.

A su carrera siguieron sumándole buenos discos que no hicieron más que engrandecer su status de banda de culto poderosa (con todo lo peligroso que conlleva el término). The Boy With the Arab Strap (1998) y Fold Your Hands Child, You Walk Like a Peasant (2000) sumaron barroquismo y títulos largos (más artes de tapa) que emulaban a The Smiths, pero también a coterráneos como Orange Juice y The Pastels. Su pop-folk “de cámara” como gustaba llamarle a algunos, seguía generando entusiasmo entre aquellos que no podían soportar el reinado del Nü-metal en la época del cambio de siglo.

Pero algún quiebre hubo y, tras la salida la banda de la gran Isobel Campbell en el 2002, lo que siguió en materia de discos dividió las aguas entre los incondicionales de la banda. Algunos ven méritos en esos tres álbumes posteriores a la salida de Campbell (Dear Catastrophe Waitress, The Life Pursuit y Belle & Sebastian Write About Love); sin embargo la banda no volvió a ser lo que era.
Quizá cansado de esto, quizá no, vaya uno a saber, el líder Stuart Murdoch y compañía se pusieron más eclécticos que nunca con su último trabajo, Girls In Peacetime Want To Dance, y empezaron este año dando su visión del baile. Deliberadamente inspirado en la música de certámenes como Eurovisión, Belle & Sebastian adquirió un tinte eurodisco para su primer corte de difusión, el ganchero “The Party Line”. Tras su salida, muchos se apuraron a decir que ya estábamos ante uno de los discos del año sin haberlo podido escuchar completo. Todavía quedan unos meses para evaluar tal afirmación, pero lo cierto es que esta versión 2015 de la banda contagia por momentos, desconcierta por otros y sigue poseyendo la capacidad para sonar clásica y moderna a la vez.



El disco abre con “Nobody’s Empire”, que es Belle & Sebastian en estado puro, pero ya para el segundo tema (“Allie”) la cosa suena diferente –aunque sumamente british- y se parece más a Blur y a Supergrass que a ellos mismos. Esto no es necesariamente bueno ni malo, pero da muestras de que la banda tiene la capacidad de salirse de su zona de confort, hecho que se reafirma a lo largo de las doce canciones del disco. Tan solo en un puñado de temas -“The Cat in the Cream”, “Ever Had a Little Faith?” y “Today (This Army’s for Peace)”- suenan a ellos mismos, lo cual es una bienvenida muestra de que se pueden tomar otros caminos.

No le temen a sonar bailables y ochentosos y juegan a ser los Pet Shop Boys en “Enter Sylvia Plath” (solo en ellos puede existir una canción que remita a la celebrada escritora y que a su vez sea puro revival de los 80) y siguen más o menos por ese camino con “The Power of Three” y “Play for Today”. En otras canciones como “The Book of You” pueden remitir a The Magnetic Fields, así como a Talking Heads circa Remain in Light en “Perfect Couples”.

Fuera de comparaciones, lo de Belle & Sebastian es valiente tan solo por el hecho de salirse de la norma y de hacer repensar su música con respecto a lo que nos tenían acostumbrados. Perfectamente podrían haber hecho un álbum que remitiera a ellos mismos y, sin embargo, no lo hacen. Vale por la aventura musical y los nuevos territorios explorados. Veremos qué sigue de aquí en más.

(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog.uy

Hago lo que Quiero y Quiero lo que Hago

La frase de más arriba bien puede resumir el espíritu que tienen para afrontar sus carreras tanto Señor Faraón como Matador, quienes unieron fuerzas para un recital llevado a cabo en Perillán.

La autodenominada “fonda gourmet” Perillán –un clásico de La Pedrera- que desde hace un tiempo tiene su sede montevideana en la zona en donde el Cordón se convierte en el Parque Rodó, viene brindando desde su inicio, una serie importante de recitales de lo más diversos, que van de Laura Chinelli a la Orquesta Subtropical, de Franny Glass a Carlos Casacuberta, y que el pasado viernes 22 tuvo en su sótano la presencia de dos de los más interesantes proyectos de la escena montevideana.

Bajo los alias de Señor Faraón y Matador, se escudan Ismael Varela y Santiago Bogacz respectivamente, quienes a pesar de llevar adelante diferentes propuestas musicales, mantienen puntos en común quizás no tan notorios para el oído desatento, pero que en su show conjunto se volvieron más visibles. Acompañados por Federico Anastasiadis (de la muy recomendable banda Oro) en percusión, el show estuvo bien diferenciado en dos sets, el de Faraón primero y luego del Matador.


Solo con su guitarra y “el griego” en la percusión, Faraón entregó un set cargado de candomblues enérgico e incitador al trance. Si bien quien esto escribe ya conocía la obra previa del artista, siempre en el vivo hay algo que suena fresco en su propuesta: una mezcla de despojo musical, volviendo a lo básico y de raíz que, fuera de las diferencias musicales, puede remitirnos al universo de esa maravilla que es “Mateo y Trasante” (1976), por su uso de guitarras y percusión, pero también a otros cultores del blues local como Días de Blues y Opus Alfa. Sonaron entre otras “Candombe del Martes 13” (perteneciente a Anatasiadis), “El Diablo” (un clásico de su repertorio) y “Canas”. También hubo cruces entre ambos sets y por eso Matador fue parte de uno de los temas, en el que se notó la influencia que ejerce la banda Tinariwen (banda de tuaregs nómades del noroeste de África que hacen un blues desértico exquisito) en su música.

Para el set individual de Matador, no había más que él y las guitarras a utilizar para cada canción sobre el escenario. Presentándose a sí mismo como “la parte perturbadora de la noche”, el artista, que acusa de influencias tanto a Egberto Gismonti como a Abel Carlevaro, pero también de Tinariwen y Ali Farka Touré, y que a este cronista remite a trovadores británicos como Bert Jansch y John Martyn, es una rara avis de la escena musical de la ciudad: mezcla de sentimiento y virtuosismo, su propuesta puede resultar tan hipnótica como desconcertante para quien no lo haya escuchado previamente, pero es una experiencia que vale la pena. Matador tiene dos EP’s editados y un disco nuevo en camino. Sonaron temas como “Al Norte”, de su último EP, así como adelantos de los que vendrá, en temas como “Sin Título 3”, “Blanco” (cuya letra que reza “hombres de arena” parece dedicada a la antes mencionada banda Tinariwen), “Lo Quiero Ver” y “Medio Viejo y Latoso” (a la cual se sumó Señor Faraón en percusión).

Quienes tuvimos la suerte de estar ahí, asistimos a un más que potente show, que pide repetición, y que es de los recitales que deben darse en mayor cantidad por la ciudad. Por suerte existen pequeños espacios como Perillán que fomentan este tipo de actividades culturales y que, quizás sin saberlo, forman un “circuito” involuntario en la mencionada zona de la ciudad que permiten que, en este caso, los músicos, muestren lo que hacen (y saben hacer).



(*) Estre artículo fue publicado previamente en Cooltivarte.com

Intacto


Luego de su paso por el prestigioso festival South by Southwest (SXSW), Santullo volvió a los escenarios montevideanos para presentar su nuevo disco y, de paso, retomar clásicos suyos recientes, de los más viejos y también de otros.

Cerca de las 22:30 del viernes 10 que pasó, y con una buena concurrencia de público, Fernando Santullo y su banda (José Luis Yabar en guitarra, (..) en violín, (..) en bajo y (..) en batería) salieron al escenario de La Trastienda Montevideo para defender en vivo los temas de su más reciente producción, “El Mar Sin Miedo”, editado a fines del año pasado (puesto número 27 de los mejores discos de por acá para Cooltivarte).



Sin embargo la banda encaró a modo de precalentamiento “La Humedad”, un tema que ya es un clásico de su primer disco, “Bajofondo Presenta Santullo” (2010) para luego sí arremeter con “Razones” de su último disco. Pero ni bien finalizó con éste, Santullo volvió a su primer opus para otro clásico, “Ya no Duele”, mostrando cuál sería la tónica de todo el show: la alternancia entre temas nuevos, clásicos propios y de otros autores, como “Ella Vendrá” de Don Cornelio y la Zona (oscurísima banda post punk porteña de los 80 liderada por Palo Pandolfo) que está incluido en “El Mar sin Miedo” y “Solo” de Los Estómagos (incluida en el primer disco) , que derivó en “Material Girl” de Madonna.

A medida que el show transcurría se fueron sucediendo los invitados, Maia Castro en “La Oscuridad” (tema compuesto por Santullo para ella pero que aquel incorporó a su último disco), Sebastián Cobas y Carlos Casacuberta en “Espiral” (ni bien entró este último comenzaron los típicos gritos pidiendo por “El peyote”, pero no sucedió), Andrés Torrón en la mencionada “Solo” y “El Arma”, Pepe Canedo en “Esencia” y  Juan Campodónico en “No Hay Vuelta”. Luego de la aparición de tres ex Peyote Asesino entre los invitados, se sentía a la gente pidiendo por una (nueva) reunión, por más efímera que resultase, de una de las bandas más emblemáticas de los 90 montevideanos a la cual muy pocos de los presentes pudieron ver en su momento. Y para ellos, se dio: los mencionados hicieron una versión del tema con el que Santullo y compañía parecen sentirse más cómodos dentro del repertorio peyotero, nos referimos a ese clásico que es “Cable Pelado”, y ahí sí. Todos contentos.



Sin embargo ese highlight no hizo que se despidiesen quienes estaban arriba del escenario. Santullo arremetió con “Dios y el Diablo” (que contó con bronces y todo) haciéndola sonar por momentos a esa moda pasajera que fue el moombahton para antes del bis. Para éste volvieron con “El Martillo Azul” (con un tufillo a Editors en toda la canción que muestra la línea más melódica de la banda) y la detonaron con “Más Abajo” de Kato (la banda surgida tras la disolución de El Peyote) tras la cual Fernando terminó tan extenuado que dijo que quedó “como caballo resoplando”. Luego sí llegó el cierre lógico con “Lo que Debo”, para la cual se sumó la crew de Santiago Vázquez Unión y Respeto (que aparecen también en el clip del tema) poniendo así un broche de oro a esta nueva etapa de más canto y contundencia rockerade Santullo. Regreso triunfal a Montevideo tras conquistar territorio texano.



(*) Este artículo fue publicado previamente en el sitio Cooltivarte.com

Currículum Vitae

El productor estrella se quita de encima el maleficio de no pegarla con un disco suyo y en su cuarto intento lo logra con una ayudita de sus amigos.

Para algunos la vida parece simple y seguramente lo sea para Mark Ronson. Pero no todo fue siempre color de rosa en la vida musical del británico: si bien consiguió posicionarse en los charts de su país con algunos de los cortes de sus primeros discos solistas, ni el público ni la crítica reparó demasiado en ellos. Primero debió andar un largo camino en la producción y se ve que se lo tomó tan en serio que la lista de artistas producidos es apabullante, van sin criterio u orden alguno: Bruno Mars, Rufus Wainwright, Duran Duran, Kaiser Chiefs, Christina Aguilera, Lilly Allen, Robbie Williams y hasta Paul McCartney, pero no se lo tendrá tanto en cuenta por estos trabajos sino que se lo empezó a considerar principalmente por sus aportes a popes hiphoperos si se me permite la cacofonía (Ghostface Killah, Lil Wayne, Nas, Q-Tip) y sobre todo, por haber sido gran responsable de revival de soul femenino a mediados de los 00′ (Amy Winehouse, Adele, Solange, Estelle).

A pesar de semejante currículum hasta ahora los trabajos en solitario de Ronson (no confundir con la marca de encendedores) no tuvieron la repercusión esperada, por ello se unió a Bruno Mars con quien editaron el irresistible tema del verano (austral) “Uptown funk” y el resto vino solo. Para las letras colaboró con Mark nada menos que el celebrado escritor Michael Chabon y, por si no se tenía confianza para producir llamó a Jeff Bhasker (Kanye West, Jay Z, Rolling Stones) y Andrew Wyatt (Mike Snow).




El disco es un compendio de todo lo cool (esto pude ser tan bueno como malo, pero en este caso prima lo primero) que puede ser la música negra de ayer, hoy y siempre. Las canciones exudan un conocimiento enciclopédico de soul, R&B, funk y hip-hop, y en particular de James Brown (Feeling right con la imponenete voz de Mystikal) y Michael Jackson (I can’t loose), pero no sólo del pasado vive el hombre y muestra estar bien al tanto de las nuevas tendencias, en particular de toda la movida psicodélica australiana tan en boga por estos días de la que son parte Midnight Juggernauts, Jagwar Ma y  Tame Impala entre otros. Precisamente Kevin Parker, líder de estos últimos, participa en tres temas, mientras que ni bien uno comienza a escuchar los primeros acordes siente una armónica familiar que es de Stevie Wonder (!) quien participa en la intro del disco y en las dos partes del Crack in the pearl, retotrayéndonos a los clásicos de Stevie como Innervisions y Talking book. ¡Así no vale Mark!




Si bien la suma de las partes no tiene porque engrandecer al todo, podemos decir que esta vez sí lo hace. El de Ronson es un disco para poner al lado de Random access memories de Daft Punk, con el cual conserva varios puntos de contacto. Como sucedía con aquel, una vez que se entra en su mundo, es difícil volver a salir. El botón de play se queda trancado en sus temas y eso no es malo en este caso. Refrescante y adictivo, el disco se posiciona como uno de los lanzamientos del año.


(*) Este artículo fue publicado previamente en Radio UNO Digital