lunes, 27 de octubre de 2014

Bigger Than Life

Que Richard Linklater es un director a seguir y que siempre puede darnos satisfacciones ya lo sabíamos, pero que se despacharía con tamaña película como Boyhood y que haría algo que no se había hecho en el cine hasta hoy es una de las sorpresas más gratificantes del año.



Síntesis. Esa puede ser la palabra que defina a la última obra (maestra) de Richard Linklater. La vida de los jóvenes en Estados Unidos y su paso a la adultez (Dazed and Confused, Slacker, Suburbia), los diálogos filosófico-existenciales (Waking Life, la trilogía Antes de) y cierta idea de ser bien pensante en un país que no lo es (Fast Food Nation). Aquí ni siquiera son visibles los coqueteos que el director ha tenido con el mainstream (Escuela de Rock, The Newton Boys, Los Osos de la Mala Suerte), Boyhood es Linklater en su mejor forma y en estado puro. Uno Podía intuir en esa larga caminata de la hermosa Antes del Atardecer lo mucho que el cine de Eric Rohmer y  François Truffaut le gusta a Richard. Pero lo que a François le llevó cuatro películas y un corto con Antoine Donel (encarnado por el eterno Jean-Pierre Léaud) a Linklater le llevó una película, eso sí, no cualquier película, sino una de largo aliento, de casi tres horas de duración y que fue rodada durante 12 años con los mismos actores, a razón de una semana cada año y con un presupuesto que, para los estándares, fue casi ínfimo (U$S 200.000).

Esto supuso no sólo algo inédito en el mundo del cine, sino también algo ilegal: en EE.UU no se puede contratar a alguien para actuar por más de 7 años seguidos  y, si bien es tan sólo una nota de color dentro de la enormidad de la película, lo cierto es que demuestra la entereza y amor por el cine del director. Linkater va más allá de la ley en pos del logro artístico. Amor que también profesa en el tratamiento de los personajes. Tanto el niño al que vemos crecer delante de nuestro ojos, Mason (Ellar Coltrane), así como su hermana Samantha (Lorelei Linklater, hija del director en la vida real) y sus padres (geniales Patricia Arquette y Ethan Hawke, que parece funcionar sólo con Linklater) son tan imperfectos como queribles. Ninguno hace todo bien -de hecho los padres tuvieron a Mason y a su hermana cuando eran unos veinteañeros y luego se separaron, no del todo bien, según lo que el film nos da a entender- pero tampoco lo hacen todo mal. Él se endereza y forma otra familia, ella se recibe y comienza a dar clases. Esto puede apreciarse en escenas como en la que el personaje de Hawke les da una charla de educación sexual a sus hijos en plena comida, o en la que acampa con su hijo que demuestran que, hay sentimientos profundos y cariño real detrás de esa superficie imperfecta. En fin, como sucede en la vida real.


Es cierto, el padre es un músico frustrado que se termina convirtiendo en la antítesis de lo que alguna vez imaginó, la madre pasó por muchas relaciones y convivencias con novios abusivos o directamente desastrosos y los muchachos, ya de grandes son bastante mutantes en su proceder ante la vida. Son esos jóvenes que no son cool pero que a la vez pueden tener su onda siendo simplemente ellos, esa clase de jóvenes que parecen ser hoy los nuevos prototipos del joven popular (norte)americano. Esta película es lo que sugiere, sé vos mismo y a algún lado vas a llegar. Quizás haya mucho optimismo en algunas situaciones, pero hay que ser justos y decir que también hay momentos amargos, momentos de mierda. Linklater sabe bien de qué habla porque Mason y su familia están moldeados -narración cinematográfica mediante- en su propia familia. Hábilmente el director nos lleva de la alegría a la emoción, de la risa a llanto en  un par de escenas.


El film es engañosamente simple en apariencia, es una película enorme pero sin pretensiones formales, de ahí que mucha gente la vea como "nada de otro mundo" o que simplemente "está bien", pero lo cierto es que hay que tener cojones para hacer semejante film, uno notoriamente autobiográfico en el que se apuesta más a los diálogos y a los momentos que son producto de la lógica interna de la misma película que a la parafernalia al pedo a la que nos tiene acostumbrados el mal Hollywood. Basta ver las transiciones y cómo nos indica el paso del tiempo el director (aquí no hay maquillaje ni F/X) para ver que hay pretensión de trascender pero no a través de lo ampuloso. Entre un plano y otro, de la nada, vemos que e chico creció, que la madre engordó y se cortó el pelo o que el padre adelgazó aún más y que cambió de vestuario y personalidad radicalmente.


En síntesis, uno de los bálsamos que cada tanto vienen del país del norte, un film imprescindible que confirma que en Linklater tenemos a un autor inteligente, humano y sensible que puede hacer maravillas como ésta, para ver más de una vez (si bien dura casi tres horas como dijimos cada visionado arrojará nuevas lecturas e interpretaciones) y de la que seguramente estaremos hablando por mucho tiempo. Hay que verla y seguramente como gran película que es seguirá muy poco en cartel. A no dormirse.






viernes, 3 de octubre de 2014

Los Chicos Quieren Rock

Una vez más, casi sin dejarnos recuperar de lo que fue lo de Franz Ferdinand, los montevideanos fuimos testigos de otro gran show, también en La Trastienda, que esta vez tuvo como protagonistas a los (o las) enormes Queens of the Stone Age. Un recital de rock con mayúsculas.


Ya fue hace mucho. Si la semana pasada nos daba la impresión que Franz Fedinand había venido hacía tiempo (no habían pasado dos años aun) imagínense lo largo que pareció el tiempo entre aquella inesperada primera visita de los Queens Of The Stone Age allá por el 2010 y el martes pasado. Era demasiado, y al menos para quien esto escribe, dentro del extraño contexto que se dio todo, uno pensaba que no volverían, ya que entre su primera visita y esta última habían vuelto a la vecina orilla. Lo que quitaba más aun las esperanzas de volver a verlos por acá.

Aquel 2010 Montevideo recibió a la banda en el marco de un falso y fallido Pilsen Rock que, años después de sus originales e históricas ediciones en Durazno, se trasladó a la Rural del Prado (!) aquí en la capital. Fue el número de cierre tras haber dado sus shows No Te Va Gustar y un ofendídismo Andrés Calamaro que nos dijo algo cierto pero de modo ofensivo y pelotudo. El line up sabía a ravioles con dulce de leche: la banda más popular de Uruguay (lo siguen siendo), más Calamargo en plan viejo choto caprichoso (lo sigue siendo), más una de las bandas más importantes del rock a nivel mundial del momento (lo siguen siendo). Lo ecléctico de los números participantes se vio reforzado por el contexto: la garufa se llevó a cabo en un predio en donde por lo general se premia los mejores especímenes de vaquitas y los caballitos revuelcan a algún que otro intrépido y fue organizado por una de una de las marcas más importantes de cerveza. A pesar de ello promediando el show de Don Andrés se quedaron sin stock del dorado y preciado brebaje.




Todo esto debe mencionarse porque quienes nos quedamos aquella noche en la Rural (la mayor cantidad de la gente se fue, sí, se fue) vimos un muy buen show, pero difícil de disfrutar al máximo ya cansados de todo el trajín previo, la frustración por las calamareadas varias y la falta de cerveza. Lo que hizo del show del pasado martes una inmejorable oportunidad para revertir aquellos desafortunados recuerdos. 

Esta vez tampoco estuvieron solos en el escenario, pero se trajeron a un hombre de confianza. Abrió el show el músico y productor chileno Alan Johannes, quien ha colaborado con los mismos Queens Of The Stone Age así como también en las diferentes agrupaciones que cada tanto reactiva el Josh Homme (Them Crooked Vultures, The Desert Sessions) y con otros amigotes de la casa como Mark Lanegan y Flea. El show calentó al público que celebró al pelado como uno más de los californianos quizás sin saber que en cierta forma lo es. Solito y con una extraña especie de gutarra-ukelele de cuadrada forma se metió al público en el bolsillo e hizo más exasperante la espera por ver al colorado Homme y compañía.




Para las 21:55 y con una sala un poco más llena salieron a escena los Queens y de ahí en más sólo hubo que flotar. Abrieron tal cual lo hace su último disco "Like Clockwork" con "Keep Your Eyes Pealed" y siguieron con dos temas de ese clásico que es "Songs For The Deaf", "You Think I Ain't Worth A Dollar, But I Feel Like A Millionaire" y "No One Knows". Después de semejante comienzo y de semejante sonido no hubo más que dejarse llevar y relamerse escuchando "Sick, Sick, Sick", más gemas de "Songs For The Deaf"  como "First It Giveth" y un buen puñado de las excelentes canciones de su último y celebrado opus ("Smooth Sailing", "Fairweather Friends", "If I Had A Tail", "I Sat By The Ocean, "My God Is The Sun").

Antes del bis volvieron a su disco del 2002 con "Go With The Flow" y ya estábamos extenuados, pero no nos importó, queríamos mas y así fue. Sentadito al piano y poseído por el espíritu de Elton John, Josh Homme volvió al escenario con su banda y encaró su heavy soul siglo XXI con "The Vampyre Of Time And Memory" y remató nuevamente con otro clásico, ese que amamos y sentimos propio quienes los escuchamos desde hace algún tiempo, el tremendo "A Song For  The Dead", para el cual la gente se abrió para dar paso al mosh más radical de la noche. Algunos se quedaron con las ganas de "The Sky Is Falling" y su clásico "Feel Good Hit Of The Summer" o "Make It Wit Chu", pero poco importó. Fueron casi dos horas de éxtasis rockero en tiempos de baile, aunque el groove y las ganas de moverse nos se hayan perdido. Los chicos querían rock y lo tuvieron.