viernes, 31 de julio de 2015

Wilco - Star Wars

Desde hace un buen tiempo se volvió común la estrategia, sobre todo entre los artistas de hip-hop y R&B (Beyoncé, Drake, D’Angelo), de lanzar un disco sin promoción previa. Esto ha tenido en su mayoría resultados favorables, pero tras su disco padre-hijo bajo el nombre de Tweedy (Sukierae, 2014), su propio apellido, de quien menos esperábamos esto era del susodicho Jeff, líder de Wilco, quien junto a su banda de siempre sorprendió a propios y ajenos con nuevo material, que además pusieron a disposición de todos de manera gratuita e ilimitada a través de su página web.

Sin embargo –en un gesto artístico que, al menos quien esto escribe no recuerda haber visto antes- la banda se encargó de redactar para aquellos que descarguen el disco un texto (casi una declaración de principios) en el que aclaran que, si bien ellos están en condiciones de “regalar” su música, saben que no es algo que todos los artistas puedan darse el lujo de hacer, ya que además del esfuerzo que significa grabar un disco, en muchos casos –a pesar de la caída en la venta de discos y todo lo que ya sabemos- también reporta un ingreso para los mismos. Y no sólo eso, incitan a que quienes descarguen Star Wars (dBpm), vayan a su disquería amiga y compren los discos de sus diecisiete bandas y artistas favoritos del momento. Creemos desde acá que es menester publicar esa lista, porque además de informarnos acerca de los gustos de los integrantes de Wilco, podemos descubrir mucha música nueva.

Adron – Organismo
Cibo Matto – Hotel Valentine
Empyrean Atlas – Inner Circle
Eleventh Dream Day – Works for Tomorrow
Full of Hell, Merzbow – Full of Hell & Merzbow
Game Theory – Real Nighttime
Girlpool – Before the World Was Big
Invisible Familiars – Disturbing Wildlife
Landlady – Upright Behavior
Luluc – Passerby
Ned Doheny – Hard Candy
Parquet Courts – Content Nausea
Richard Julian – Fleur de Lis
Scott Walker + Sunn O))) – Soused
Speedy Ortiz – Foil Deer
Steve Gunn – Way Out Weather
William Tyler – Deseret Canyon

Pero vayamos a la música. Lo nuevo de Wilco no sólo sorprende por su repentina aparición y todo lo que ella conlleva, sino también por su sonido: podemos decir que la banda se puso sónica (o cósmica tal vez). Ya desde el nombre se nos induce a pensar en eso pero, tratándose de una banda en constante movimiento entre el alt country y el pop psicodélico (ahí están los imprescindibles Sky Blue Sky y Yankee Hotel Foxtrot), no imaginábamos que podrían darle una nueva vuelta de tuerca a su característico sonido. Y no sólo eso, podemos decir que se pusieron más concisos que nunca, ya que estamos ante un disco de poco más de media hora de duración, cosa infrecuente desde sus primeros trabajos.

El tema que se encarga de abrir el disco es el breve pero intenso instrumental “EKG”, al cual ya se encargaron en comparar con los excéntricos temas breves de Captain Beefheart circa Trout Mask Replica. Si bien algo de eso hay, el tema parece más un lado B de alguna banda post punk de antaño más que algo perteneciente a la entrañable banda de Don Van Vliet. Lo que sigue es “More…”, que suena más a lo que Wilco nos tiene acostumbrados sin ser algo reiterativo. Lo que comienza como una apacible oda al álbum blanco de The Beatles se llena de fuzz y deriva en un quilombo sonoro que es el que teñirá gran parte de las canciones del disco: hay una marcada intención de sonar distintos por parte de la banda, a lo largo de la totalidad del disco nos sorprenderán (sobre todo si escuchamos con auriculares) la cantidad de chiches sonoros y ruidos raros que aparecen de la nada en las canciones, seguramente producto de la improvisación en el estudio.




Todos los demás temas del disco van, decibeles más, decibeles menos, por la misma senda. Tanto “Random Name Generator”, como “The Joke Explained”, “You Satellite” y “Pickled Ginger” son muestras claras de lo anteriormente dicho. Aquí es más dificultoso rastrear su visión de la Americana y sus derivaciones. Como decíamos más arriba, el alt country no parece ser el foco en este caso; en los pocos momentos que amagan con eso (“Where Do I Begin”, “Taste the Ceiling”) todo termina en otra parte, dando rienda suelta al juego sonoro. Si bien podemos rastrear ciertas influencias como las ya mencionadas (la voz nasal onda Lennon de Tweedy, el álbum blanco, Sonic Youth en los pedales del capo de Nels Cline, etc.) quizás sea más difícil determinarlas claramente, pero lo que sí podemos decir es que en este disco en particular, ya sea por su arquitectura sonora, sus canciones con pasta de hit sin caer en lugares comunes, su sonido concentrado, experimental y expansivo a la vez y sus deliciosos juegos de guitarras, Wilco dialoga con la otra gran banda de los EE.UU. del momento, los texanos (pero de Austin que es como no ser texano) de Spoon. El tratamiento musical es similar al de la gran banda de Britt Daniel en su excelente They Want My Soul, uno de los mejores discos del año que pasó, sino el mejor.

Star Wars es el disco más urgente de los de Chicago, hecho comprobable incluso en las letras, que si bien no llegan a ser tan directas y reflexivas como las de Sky Blue Sky, (salvo “Taste the Ceiling” que sí va por este camino), dentro de su simpleza estructural -ver si no la letra de “More…”- dejan lugar para la abstracción, las rimas y la aliteración. El noveno álbum de la banda, si no contamos sus dos colaboraciones con Billy Bragg y su álbum en vivo, deja de lado lo retro y lo conocido y les permite reinventarse una vez más. Resta saber cuál será su próxima jugada.







(*) Este artículo fue publicado previamente en el Indie Hoy

lunes, 27 de julio de 2015

The Chemical Brothers – Born in the Echoes

Ya hace cinco años que el dúo no editaba nuevo material. Lo último que supimos de ellos fue con Further, un disco más que atendible que no recibió la atención que merecía, quizás por el hecho de ser el sucesor del exitoso pero para muchos no muy consistente We Are The Night (2007). Sin embargo, fuera de que sean algunos discos mejores o peores, en la discografía de The Chemical Brothers no hay ni un disco malo. Pero siempre habrá detractores, ya sea por el género que cultivaron así como por encontrar que se repiten, no experimentan, no se arriesgan, etc.

Se esperaba con ansias la llegada de este disco, producto quizás de que en esta última década quienes comandaron la electrónica son tipos como Skrillex, Calvin Harris y David Guetta, provocando que los Chemical resulten ahora la vieja escuela. ¿Quién hubiera pensado esto en los 90 cuando los de Manchester se comían el mundo a fuerza de temas imponentes como “Block Rockin’ Beats”, “Electrobank” o “Hey boy Hey Girl”? Increíblemente esto sucedió, pero el tiempo da revancha y muestra a Ed Simons y Tom Rowlands en perfecta forma y más vigentes que nunca.




Si bien pueden recaer en algún vicio (citar por enésima vez a “Tomorrow Never Knows” de The Beatles en “I’ll See You There”) lo cierto es que los hermanos químicos editan su disco más irresistible desde Come With Us (2001). Born in the Echoes (Virgin/EMI) es Chemical Brothers en estado puro. Son once temas que nos pasean por lo más diversos paisajes sonoros, además de hacernos mover o bailar frenéticamente, dependiendo del caso. Si bien la impronta de los mancunianos es notoria a lo largo de todo el disco, una escucha atenta puede revelarnos algunos detalles en cuanto a sonidos totalmente imprevisibles, hasta bizarros si se quiere (un zumbido de abeja, la pastilla sobre el vinilo “molestando” en un clímax,) que resultan la novedad en esta etapa 2015 del dúo.




El disco arranca bien arriba con “Sometimes I Feel So Deserted”, una épica de más de cinco minutos digna de los hermanos químicos, quienes marcan el territorio desde el vamos. Como en todos sus discos todo es comparable a un subidón de sustancias ilícitas o a un viaje magnífico: empieza allá arriba, tiene sus mesetas, sus clímax y luego termina en una calma casi irreconocible si se lo compara con el comienzo. Y un poco así suena el tema que cierra el disco (“Wide Open”), su colaboración con Beck. En el medio hay de todo y para todos. Quienes gusten de los Chemical más hip hoperos está “Go” con Q-Tip, para quienes gusten de su faceta más indie está “Under the Neon Lights” con St. Vincent, una de las chicas del momento; si querés pista está la irresistible “EML Ritual” y, si estás más afín con su veta house está “Just Bang”; para los que gusten de su lado más hipnótico está “Reflexion”, del más tribal y colgado, casi dub, está “Taste of Honey”, de su costado más siniestro está el tema que da título al disco, con Cate Le Bon y del más luminoso (y hasta por momentos pastoral) “Radiate”.





Como siempre, The Chemical Brothers, sin perder su estilo jamás, conjugan 40 años de música electrónica aportándole su impronta y visión. Mientras que muchos ya firmaban su certificado de defunción, los de Manchester vuelven al ruedo una vez más y en impecable forma. Desde ya, uno de los discos del año.



(*) Este artículo fue publicado previamente en Indie Hoy

martes, 21 de julio de 2015

Microdancing


Como cabeza de cartel de Sesiones Estéreo, Babasónicos se presentó en el Hotel Radisson y demostró una vez más por qué son referentes indiscutidos en eso a lo que podríamos llamar rock latino.

La entrada del Hotel Radisson que da a la calle Colonia, ahí donde la misma muere sobre Juncal (cuadra corta pero ventosa para un día de invierno si las hay en Montevideo) se vio desbordada, con un movimiento que seguramente resultó inusual a pesar de encontrarse allí el casino del mencionado hotel. Los atentos pero un tanto desconcertados empleados del hotel vieron desfilar ante sus ojos a la más variopinta fauna nocturna de Montevideo. No es que no vean cosas, estamos hablando de un hotel, pero lo que vieron esos empleados que seguramente entendían poco y nada es que en el segundo piso estaba teniendo lugar una fiesta, la primera de Sesiones Estéreo, que tuvo como plato fuerte a Babasónicos, tocando en una sala que en otros países (pongámosle México) a esta altura les quede chica, por lo cual fue un verdadero privilegio verlos de manera adecuada tanto si uno estaba en la barra, en el sector vip o donde se le ocurriese pararse.

Luego que Fernando Picón calentase la pista con su inusual mezcla de clásicos rockeros con electrónica ATP, y pasada la 1:30 de la madrugada del sábado, Babasónicos salió a escena. Los comandados por Adrián Dárgelos causaron la histeria de un público producido para la ocasión, que bailó en el mullido piso alfombrado durante todo el recital y no paró de corear, arengar y celebrar cada una de las ocurrencias que la perfomance de aquel (al que se lo notaba muy contento e inspirado) les brindaba, ya fuese sacando la lengua en forma lasciva, contorneándose cual pantera negra o sacudiendo las cachas. Lo de Babasónicos fue un show de rock incendiario, bien a la usanza glam alla Marc Bolan-David Bowie-Gary Glitter que tanto les gusta cultivar y con un público entregado a esa hora y media de éxtasis que la banda proporcionó. Entre medio de hits, gritos eufóricos, celulares de última generación permanentemente disparando flashes y atuendos exclusivos, los de Lanús se tomaron la molestia de revolver en su excelso y amplio cancionero para desenterrar gemas que, para quienes venimos siguiéndolos desde hace un buen tiempo -antes de que la bomba expansiva de Jessico llegase a todo el continente- son momentos a atesorar, más sabiendo que Babasónicos es una banda en constante movimiento, que pocas veces mira el pasado con nostalgia de revisitarlo y que basa los set lists de sus shows en repertorio más bien reciente.



                               



El comienzo del show fue con “Uso”, que si bien es un tema de su último disco Romantisísmico del 2013 (que fue el eje del recital), no es de los que suelen tocar siempre, menos aún como arranque. Siguieron con una versión de “El Colmo” a la que Dárgelos empezó a cantar directamente desde el estribillo (ese inoxidable “canción llévame lejos”) y siguieron con “Risa”. Pero en lugar de seguir con lo previsible, los baba pelaron del baúl el temazo que abría su clásico Miami (1999), hablamos de “4 AM”, que por su música y carácter un poquitín libidinoso sentó las bases, quizás sin saberlo, para los temas que hoy todos conocen de la banda, los de Infame en adelante, los de estribillos pegadizos como chicles pero que intentan pervertir el sistema desde adentro. Le siguieron “Los burócratas del Amor”, “Run Run”, “Yo Anuncio”, “Negrita” con su deliciosa apropiación del dub, en la que los ahora fijos Carca y Tuta Torres aportaron su touch, “Desfachatados” (otro rescate de Miami, que no tocan muy a menudo) a la que engancharon con la reciente “Paisano”, “El Baile de Odín”, “Sin mi Diablo”, “Putita” (pocos pueden pensar que este mega hit está más que influenciado por The Beta Band), “¿Y Qué?” (a la cual engancharon con “Egocripta”, o de cómo los baba entendían a Black Sabbath en 1997), “Muñeco de Haití” que terminó convirtiéndose en “Sheeba Baby” (si no escuchó Trance Zomba hágalo ya), “Fizz”, “Carismático”, “Yegua”, “Aduana de Palabras” y “La Lanza”.


Luego de semejante lista de temas todavía quedaba tiempo para el bis, y así fue. Luego de volver al escenario la banda se puso acústica y tocó “Shambala” de su nuevo EP-objeto, en una inesperada pero bienvenida faceta acústica que permitió descansar a los más bailarines y ponerse más acaramelados a los que ya venían melosos. Cerraron la tríada dos temas de A Propósito, su anteúltimo disco, “Floro y Fauno” y “Fiesta Popular”, que aun entonada sin ironía por Dárgelos, dejaba entrever el carácter ponzoñoso que esconde, el cual se redimensionaba por el contexto: “chicas ricas no le tengan miedo esto es sólo una fiesta popular, chicos ricos no se asusten tanto esto es sólo una fiesta popular”. Nadie pareció sentirse aludido y la banda se despidió con un “Babasónicos ama a Montevideo” que seguramente fue un sentimiento mutuo. La encargada d ecerrar la noche fue la DJ Valentina Niremberg.







(*) Este artículo fue publicado previamente en Cooltivarte.com

My Morning Jacket Toma Grandes Decisiones

La banda de Jim James y los suyos vuelven con música nueva después de cuatro años, y el bienvenido desconcierto que generan, es otro de los momentos musicales del año
my morning jacket


Los muchachos barbados de My Morning Jacket, procedentes de Louisville, Kentucky, irrumpieron en la escena y la crítica musical recién con su cuarto disco, el glorioso Z del 2005. A quien esto escribe le impactó la música de la banda gracias a un tema bastante sencillo, un reggae riffeado llamado “Off the Record”, cuyo hipnótico y misterioso video, me dio vuelta la cabeza. Cuando empecé a bucear en la obra de My Morning Jacket, me sorprendí al encontrar algo bien diferente de lo que me imaginaba: una banda que no rehusaba del rock sureño de Allman Brothers y Lynyrd Skynyrd y que, al mismo tiempo, tenía las ambiciones artísticas de Radiohead, una banda que seguía los pasos de Neil Young y Bob Dylan pero que no lo hacía asco al soul y a lo bailable. Una banda ecléctica en síntesis, pero que siempre suena a ella misma.

En gran parte esto se debe a la voz de Jim James, quien deja unos cuantos hippismos de lado en su nuevo álbum The Waterfall y se pone un poco más las pilas en las líricas, lo cual no implica que uno no disfrutase de sus anteriores discos (Evil Urges, Circuital) y que no reconozca en ellos el puntapié inicial de toda una movida que estaba por venir, la de los veinteañeros con barbas y acústicas que rendían tributo al folk y al country de antaño con un toque de distorsión, que tan bien posicionó a Band of Horses, Vetiver, Fleet Foxes o Edward Sharpe & The Magnetic Zeros.




Igualmente ellos siempre fueron por fuera y, a la  vez, por dentro de todo género. A un oído distraído lo suyo puede sonarles a ese rock de estadios con “sentimiento” como el que practican Kings of Leon y Mumford & Sons, y a otros a pura psicodelia setentosa. De ambas cosas y unas cuantas más hay en lo último de My Morning Jacket.

Desde su apertura ampulosa con “Believe (Nobody Knows)”, pasando por el funk-soul lustroso de “Compound Fracture”, el disco es un tapiz cuyo entramado musical está tejido de influencias tan diversas que van del Dylan acompañado por The Band en The Basement Tapes (“Get the Point”), el último Radiohead (“Thin Line”,) el soul de Philadelphia (“Only Memories Remain”) hasta el prog rock como en “In Its Infancy (The Waterfall)” y en los momentos finales de “Tropics (Erase Traces)”. A lo largo de los diez temas de los que se compone el disco, las influencias mencionadas pueden convivir hasta en una sola canción, y a pesar del menjunje, el conjunto suena a rock típico americano (entendido el término como algo positivo). Otro punto intachable en la discografía de una banda que ya es un clásico moderno.




(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog

Björk se Recibe de Ella Misma

Con su nuevo trabajo, Vulnicura, la islandesa se mete en ese subgénero que es el disco de ruptura amorosa pero, tratándose de ella, no es un disco de ruptura amorosa cualquiera.


A pocos músicos se les ocurriría hoy día empezar un disco con un tema de casi siete minutos de duración. Pero Björk lo hace en Vulnicura, porque está más allá del bien y del mal. Igual, esto que puede sonar a quijotada no es nada comparado con todo lo hecho previamente por ella. Que sus temas sean más extensos que la media es el gesto menos vanguardista de esta artista que estuvo siempre un paso adelante en absolutamente todo.

El tema en cuestión y encargado de abrir el disco es el extrañamente titulado “Stonemilker” (cuyo interesantísimo video en 360º ratifica lo dicho más arriba), que desde su confesional y sentida letra ya indica cuál será la tónica del disco: la de la separación y la ruptura amorosa. Pero tratándose de Björk, este recurso tan trillado, que han usado entre otros Bob Dylan, Cat Power, Beck y Fona Apple (por hablar de los mejores casos), deja de ser un cliché para convertirse en puro sentimiento.




Los arreglos de cuerdas se funden con beats electrónicos y programaciones varias que, sumados a los sintetizadores del productor venezolano Arca (quien el año pasado editara uno de los discos más extraños y perturbadores de la escena electrónica, el muy recomendable Xen), que aporta en casi todo el disco pero cuya mano se hace más notoria en “Black Lake”, dan al todo un carácter de paisaje sonoro impresionista tan sugerente como removedor. Arquitectura e ingeniería sonora como pocas veces se pueda escuchar en el año.




Para quienes ya estén inmersos en el fascinante mundo de Björk, habrán varios puntos de contacto con toda la obra previa de la artista: desde las percusiones tribales que tanto jugo le sacó Tricky en la época trip hop (“Lionsong”, el mencionado “Stonemilker”), pasando por los suntuosos arreglos de cuerdas y el avant-garde (“Family”, “History of Touches”), la introspección (“Black Lake”) para hacia el final cargarse de groove y beats con una tríada de temas (“Atomic Dance” con Antony, “Mouth Mantra” y “Quicksand”) que transportan a su primera y gloriosa época. La de Debut y Homogenic, allá por los primeros 90.




Si bien para muchos la condensación y consolidación de un sonido para una eterna visionaria como Björk puede ser considerado como un retroceso, no es así en este caso: Vulnicura es una bienvenida vuelta a las canciones luego de varios años de intensa y notable experimentación.




(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog

lunes, 22 de junio de 2015

Blur Ya No Tiene Distancias Que Correr

Después de trece años sin editar nuevo material y dieciséis sin Graham Coxon en las guitarras, Blur vuelve al ataque y a demostrar por qué a pesar de todo siguen vigentes
the magic whip

En el 2003, hace ya doce años, Graham Coxon dejaba la grabación de lo que resultaría ser el último disco de Blur hasta este 2015, Think Tank. En ese entonces ya habían pasado casi cuatro años desde el magnífico 13 y la banda llegaba a un inminente y amargo final que se vislumbraba en los múltiples proyectos en solitario de Damon Albarn. Éste parecía más preocupado por lo que sería el segundo de Gorillaz (Demon Days) que por mantener con vida a su banda de siempre.
Pasó mucha agua bajo el puente: Coxon, el otrora guitarrista filoso e incisivo, inició una interesante carrera solista; el bajista Alex James siguió un poco de joda y hasta fue presentador de TV para un  programa de la BBC que llegó a emitirse en nuestra televisión nacional (aunque usted no lo crea los Diarios de la Cocaína por Alex James pudo verse en TNU), y el baterista, el pobre colorado cuyo nombre nadie supo nunca (se llama David Rowntree) como buen nerd se dedicó a la animación digital.

Nadie pudo imaginar que la banda volviese, más aun teniendo en cuenta los entredichos de Albarn y Coxon sumado al éxito del primero con todo lo que hacía (Gorillaz, producciones para el gran Bobby Womack, grabar en África con el maestro Tony Allen, el súper grupo The Good, The Bad & The Ugly, etc.). Claramente el panorama para los nostálgicos britpoperos no era para nada alentador y, sin embargo, los amigos siempre pueden volver a juntarse: dejando asperezas y malos entendidos de lado –y aprovechando el revival de los grandes bandas que tras el billete volvían en tropel- Blur se reunió, giró y hasta llegó a Uruguay.




En medio de esa gira en apariencia eterna, los muchachos quedaron varados en Hong Kong donde –dicen– alquilaron un estudio para matar el tiempo. Mágicamente, de un latigazo como dice el título del álbum que nos ocupa, Blur grabó un buen puñado de canciones a las que terminó de pulir Graham Coxon con Stephen Street, uno de los productores de las primeras horas de Blur. Si bien en estos tiempos de manipulación extrema de la información no deberíamos creer en nada, a los muchachos de Colchester les creemos porque The Magic Whip suena lúdico, juguetón y, si bien en una primera escucha puede llegar a desacomodar, es 100% Blur.

Con lo de más arriba nos referimos a que el disco es un pastiche ecléctico en la mejor tradición de la banda, la de Blur (1997) y el mencionado 13 (1999) y más que nada a la de Damon Albarn solista, sobre todo a su último opus, Everyday Robots(2014) del cual este The Magic Whip parece ser el broche de oro. Los tópicos son los de la alienación, las nuevas tecnologías, el sentirse acompañado pero solo al mismo tiempo, que, sumadas a la imaginería hongkonesa del arte de tapa y los videos, nos hacen pensar en que Albarn comandó la cuestión.






Desde el vamos se puede sentir el filtro mugriento de la guitarra de Coxon en el que sin dudas es uno de los temas del año (“Lonesome Street”), pero lo cierto es que lo que abundan son los climas apesadumbrados y minimalistas (“Ice Cream Man”, “My Terracotta Heart”, “Ghost Ship”) y por momentos experimentales o teñidos de sutiles ritmos asiáticos y africanos (“New World Towers”, “Thought I Was A Spaceman”) que no son más ni menos que las obsesiones de Albarn puestas en un formato canción en el que lo acompaña su banda de siempre. Ojo, esto no es todo, hay momentos más descontracturados como “Go Out”, “Ong Ong” y “I Broadcast”. Pero sobre lo que nos quedan dudas es si este disco es un supuesto fruto de la casualidad o es algo que Albarn venía elucubrando desde hacía un tiempo. Nunca lo sabremos, pero nos quedan las canciones, y en ese sentido, el de Blur es un regreso más que digno.





(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog

¿Cuán Pronto es Ahora?

A poco más de un año de su anterior visita a Montevideo, el gran Johnny Marr deslumbró al público de La Trastienda que, de tan llena, hizo que el frío no fuese un problema por un buen rato.

El ex guitarrista de The Smiths no nos dejó asimilar su primera visita al país el año pasado como parte del festival Rock ‘n’ Fall, en donde su nombre se mezclaba con los de Vampire Weekend y los Pixies. Muchos se llevaron la tal sorpresa cuando este tipo pequeño y grande a la vez, dio un show contundente y poderoso que en cierta forma empañó lo que vino después.

Si se quiere es hasta lógico desconfiar de un ex integrante de una gran banda que sale a girar haciendo temas de la misma, pero en el caso de Marr había material de sobra, por lo que no era necesario que su show fuese un revival nostálgico de The Smiths, ya que si bien contaba con un solo disco solista propiamente dicho bajo el brazo (el muy recomendable The Messenger del 2013), el tipo nunca se quedó quieto. Fue parte de The Cribs, Modest Mouse, The The, The Pretenders y Electronic, entre otras tantas colaboraciones.





Teniendo en cuenta dicho precedente, no sabíamos con qué encontrarnos para este show en La Trastienda, pero los augurios no podían ser malos: cuando nadie lo esperaba el año pasado el tipo dio un gran show y el hecho de que esta vez contase con un marco perfecto como el del local de Fernández Crespo para él solo no hacía más que incrementar las expectativas. El frío obligó a la gente a esperar dentro de la sala que de a poco, fue levantando temperatura de manera insospechada. Y la temperatura subió más aun cuando el mancuniano salió a escena acompañado por James Doviak en guitarra y teclados, Jack Mitchell en batería e Iwan Gronow en bajo.




Marr y su banda abrieron con “Playland”, tema que da nombre a su segundo disco solista (si no contamos el que editó antes de The Messenger con su anterior banda The Healers) que salió, como su dos visitas a nuestras tierras, con menos de un año de diferencia de su antecesor. Acto seguido, provocó que los fanáticos de la banda que lo tuvo como protagonista junto a Morrisey babearan cual perro de Pavlov cuando entonó “Panic”. Casi todos en La Trastienda, como los niños del coro de la canción original, cantamos con los puños en alto “hang the DJ”. Y el recital siguió bien arriba con “The Right Thing Right” de su primer disco solista e “Easy Money”, el contagioso primer single de su último disco. El asunto venía por el lado de la alternancia, porque Marr tocó un gran mix temas de su primer y segundo disco más alguno de su antigua y más recordada banda, y así pasaron “25 Hours”, “New Town Velocity”, “The Headmaster Ritual” (de The Smiths), “Back in the Box”, “Upstarts”, “The Messenger” y “Generate! Generate!”, para llegar luego a otro de los momentos nostálgicos de la noche como fue “Bigmouth Strikes Again”, a la que siguió “Candidate”, la cual sirvió de preámbulo para “Getting Away With It”, el hit del súper grupo Electronic, y para “There Is a Light That Never Goes Out” que cerró la nutrida lista de temas antes del bis.




Pocos minutos después, lo justo y necesario para que la gente no enloqueciese, la banda salió a escena para tocar cuatro temas más, en lo que podemos considerar un generoso bis en el que sonaron “Stop Me If You Think You’ve Heard This One Before” (¡ese título! Típico de The Smiths), “Dynamo”, “I Feel You” (¡cover de Depeche Mode!) y, cómo no, “How Soon Is Now?”, para cerrar una noche perfecta en la que el frío cedió ante el poder de la buena música e hizo que, por una vez, el lunes fuese el mejor día de la semana.


(*) Publicado previamente en Cooltivarte.com/ Fotos: Cinty Posse

Fiesta Ritual

Hablan por la Espalda pasó una vez más por Santiago y no precisamente desapercibido. Gira de tres fechas en lo mejor del circuito under Santiaguino presentando Sangre, su ultimo disco. A ritmo de su autoproclamado Candomblues  HPLE sigue cosechando adeptos tras la cordillera.

Los lazos musicales y en general culturales entre Chile y Uruguay parecen estar bastante distanciados, la inevitable influencia Argentina hacia el Río de la Plata y el Pacífico y la cordillera de Los Andes, esa que nos une por el recuerdo de la heroica supervivencia de un grupo de Uruguayos también nos distancia geográfica y culturalmente. Sin embargo, en los últimos tiempos hemos visto desembarcar al circuito under de Santiago a bandas como Revólver y Hablan por la Espalda. ¿Avidez del publico Chileno por música Uruguaya?.  Parece difícil diagnosticarlo, lo seguro es que la escena local Santiaguina se nutre de bandas con sonido potente, visceral y el publico local (bastante movedizo a diferencia del Uruguayo) lo celebra con creces.

La Gira Sangre de HPLE incluyó tres fechas en el CineArte Alameda, Bar Loreto y Subterráneo Bar, objetivo, presentar Sangre su ultimo disco y celebrar que será editado en digital y en vinilo por el sello local Algo Records.




En el caso de quien suscribe, la cita fue en Subterráneo Bar, uno de los principales escenarios under de la Comuna de Providencia, un subsuelo comparable a BJ Bar sin la mítica columna y algo menos oscuro… La cita temprano a las 22 hs del sábado 13, a esa hora aun con poca gente abría juego Nueva Costa, banda local formados en 2011 con varios EP editados. Un inclasificable hibrido de psicodelia y electrónica ochentosa generando un extraño clima de aperitivo.

Ya con el lugar mas poblado salió a escena HPLE, en el día del debut en la Copa América de Uruguay, con un nocivo para la vista triunfo sobre Jamaica, la banda prometía dar un espectáculo mejor y no defraudó.

“Somos uruguayos pero no mordemos, pueden acercarse, vamos”, el guitarrista Martin Solana pidiéndole  al publico que se acercara al escenario. “Gracias a todos por venir, nos han dado una gran bienvenida, hemos pasado unos días alucinantes, todo muy lindo salvo los perros del aeropuerto que nos olfatearon buscando la del Pepe que no teníamos”, Fermín Solana a punto de comenzar el toque. Señal de buena onda con el publico y señal inequívoca que hoy día los Uruguayos somos conocidos en el mundo por morder personas y por un Presidente que anda en Fusca legalizando la Marihuana.

Luego de dichas formalidades de protocolo largaron a pleno, un show algo corto pero contundente. Las guitarras filosas de “Procesión” del último disco Sangre abrieron la noche y ya se palpaba un ambiente agitado. El público en Chile es mas inquieto, agitan, peludean al borde del escenario y celebran de otra forma, no sé si Calamaro tenía razón en aquella recordada frase “…Los Uruguayos son mas amargos que el mate…” pero en otros lugares la gente se mueve más, de eso no quepan dudas.

Pasaron “Procesión”, “Puede Ser”, “Cabeza de Moto”, “Himnos del  Incendio” de Sangre, el mestizaje sonoro de HPLE logrado en el disco Macumba parece seguir guiándoles el camino. Tal vez en “Sangre” más influenciados por sonido más psicodélico y progresivo.  “…Mi Cabeza es una Moto, arranca de a poco no sabe parar…” reza el simple difundido para lanzar el disco y así podríamos resumir su música, arranca y no sabe parar y en ese trayecto nos pasea por el rock mas visceral, el blues, las raíces candomberas y rítmicamente muy uruguayas en una espiral interminable.  Si a eso le sumamos el aura celebratoria tribal que los viste lo hacen realmente una de las propuestas musicales más arriesgadas de nuestra escena pero vistos en el extranjero, donde no se conocen bien las raíces afro del Candombe es aun mas llamativo. Se ven como una especie de fiesta ritual y celebratoria donde la gente rockea, peludea y baila. Fermín Solana muestra toda su chapa de frontman e invita a la fiesta, el público chileno lo celebra con furia y piden pronta vuelta.

Agradeciendo la hospitalidad y la fidelidad a los fans chilenos que por tercera noche consecutiva iban por esa miscelánea sonora y a pesar de que algunos rebeldes agitan y piden fervorosamente “Calor en el Pecho” la banda deja atrás una nueva cruzada de cordillera. Parece que la fiesta ritual arranca de a poco y no sabe parar, pasó por Chile una vez más y si bien no para, de momento vuelve a dar unas vueltas por Montevideo.




(*) Foto: tomada de la cuenta oficial de Facebook de la banda y pertenece a Sebastián Baison

martes, 16 de junio de 2015

Levantando la Antorcha por los Diez Años

Con motivo de su décimo aniversario, Eté & Los Problems se propuso una doble fecha en Paullier y Guaná. Aquí la crónica del primer recital.

Los liderados por Ernesto Tabárez cumplieron diez años y decidieron celebrarlo con dos recitales en uno de los escenarios montevideanos que más frecuentan, el sótano de Paullier y Guaná. Con la presentación en La Trastienda del excelente El Éxodo (número 2 en la lista de los mejores discos de por acá para Cooltivarte) todavía fresca en la memoria, la banda decidió pasarse a un escenario que permitiese más intimidad. Como ya habían adelantado en su cuenta de Facebook, la oportunidad de verlos el pasado jueves era más íntima aun, ya que el viernes el lugar posiblemente se viese desbordado. Y así fue: sin que el lugar se viese atestado, pero no por ello sin una buena concurrencia, la banda salió a escena bastante pasada la medianoche para empezar tal cual lo hace su último disco, con “El Incendio”.




Siguieron con “Aparte” y hasta ahí el orden fue el mismo que el del disco, pero se saltearon ese hit en potencia que es la irresistible “Jordan” para arremeter con “La Bandera”. Hasta ahí, los temas de El Éxodo fueron los protagonistas, pero enseguida volvieron al también recomendable Vil (Bizarro, 2011) ejecutando el tema que da nombre al disco, al cual engancharon con uno de los clásicos del mismo y de todo su repertorio, “El Futuro”, que fue seguida a su vez por esa gran canción que es “Los Muertos”.




Luego recordaron al fallecido periodista (y amigo de la banda) Marcelo Jelen, quien fuera el único espectador en un recital que dieron hace tiempo, y que siempre bailaba bien adelante del escenario según recordaron. “Como no hay nadie bailando” ironizó Tabárez, “tocamos esta para él”, y lo que siguió fue uno de los momentos altos de la noche, la épica “El Éxodo”, que fue seguida por una de las pocas del primer disco Malditos Banquetes (Sondor, 2008), “El Gesto de la Nada”.



Luego la banda retomó nuevamente su último opus y sonaron la bella “Objetos Perdidos” y la explosiva “Ruta 8”, para que después si le llegara el turno a la esperada “Jordan” (para la cual subió Diego Rebella a acompañar en guitarras). Entre medio mecharon “Confesá” de Vil, volvieron a El Éxodo con “Número Desconocido” para cerrar con “No Sé lo que Pasó” también de Vil y así cerrar un enérgico concierto que tendrá su segundo round. Cumplir años así da gusto.


(*) Este artículo fue publicado previante en Cooltivarte.com

El Hombre Orquesta

Como figura principal del festival Conexión Pernambuco, y en el marco inigualable de la Sala Zitarrosa, el gran percusionista Naná Vasconcelos se presentó en Montevideo tras más de una década.

Se conozca o no su obra previa, lo cierto es que, ante un show del pernambucano, todos caen bajo su influjo. Entrar al mundo de Naná Vasconcelos es como una sesión de espiritismo, es dejarse llevar por las sonoridadaes del mundio y, en particular, de su amada selva amazónica, a la cual el percusionista considera como una de sus mayores fuentes de inspiración, más especiíficamente en la elección de los instrumentos. Sea tocando percusión convencional así como una cacerola, un berimbau o su propio cuerpo, lo de Vasconcelos es profundamente hipnótico. Quizás no sea una experiencia para cualquiera pero sui uno se deja llevar, puede volverse algo único e irrepetible.






En lo anteriormente dicho contribuyó la elección de la Sala Zitarrosa, que fue un marco perfecto para el breve pero contundente show de este señor (tiene 70 años y su energía no lo demuestra) que vino a deslumbrar a quienes tenían menos idea sobre su música y a reafirmar su fanatismo a quienes sí lo hacían. Es curioso como la gente interactuó y cantó con el músico, y digo esto porque el público uruguayo (específicamente el montevideano) se caracteriza por su exceso de respeto y muchas veces hasta por su por su abulia. Vasconcelos mediante el lenguaje de señas hizo que prácticamente todos los concurrentes canten, hagan sonidos percusivos con sus voces y hasta que batan palmas para emular los sonidos de la lluvia en la selva.


                           

                                    



Naná lo dejó en claro: él precisa escuchar “las voces de la ciudad” y por esa razón el show fue tan interactivo y lúdico. Los vergonzosos debieron dejar la vergüenza de lado para entrar en el juego del notable percusionista, que lleva una vida haciendo música y tocando con los más notables, desde Pat Metheny (tras la ida de su agrupación entró en su lugar Pedro Aznar, quien dejó a Serú Girán para sustituirlo) y Egberto Gismonti, pasando por Don Cherry y Collin Walcott (con quienes formó el grupo de jazz experimental Codona). Además de haber participado en innumerables colaboraciones con gente de lo más diversa como por ejemplo, en el grupo del siempre atento a la “música del mundo” David Byrne, nada más y nada menos que los Talking Heads.


     
                                      



Es que Vasconcelos es un ciudadano del mundo, vive actualmente en Nueva York y residió durante un buen tiempo en París, y si bien sus sonoridades remiten al nordeste brasileño, lo cierto es que él mismo no se considera un artista netamente de su país ni que su música pertenezca exclusivamente a él. Pocos se le animan a los escenarios solos, con sus instrumentos de percusión como si de una banda u orquesta se tratase y transmiten lo que Naná logra transmitir. Pero él no solamente se le anima sino que también logra alto vuelo con su música. Un placer para los oídos (y los sentidos todos) el poder presenciar a un artista de la talla de Vasconcelos en un lugar tan acogedor como lo es la Zitarrosa. Recital que dejó en claro además que, muchas veces lo bueno, es breve.






(*) Este artículo fue publicado previamente en Cooltivarte.com

miércoles, 3 de junio de 2015

Django Django Sin Cadenas

Los británicos superan la prueba del segundo disco con Born Under Saturn y dejan en claro que son una banda irresistible

Corría el 2012 y mientras algunos asistían a ver Django sin cadenas de Quentin Tarantino (película en la que el director “homenajeaba” al spaghetti western de 1966 Django, de Sergio Corbucci) en Gran Bretaña, un grupete de nerds con onda elucubraba un disco debut que daría que hablar a la prensa musical británica, siempre incesante  en su búsqueda de la novedad. Y la encontraron. Con un nombre similar al del film de Quentin, estos muchachos salidos de la escuela de arte -cuándo no- condensaron un cúmulo de ideas y estéticas musicales que dieron como resultado un excelente disco homónimo, incluido en la mayor parte de la listas de que recopilan y enumeran lo mejor del año.





Pero la historia es conocida y cada vez más común en estos días: muchas bandas editan un primer disco que los posiciona como la nueva gran cosa para luego desaparecer sin pena ni gloria y ser sustituidas por otras a las que pasará exactamente lo mismo. Sin embargo, los Django Django demuestran que hay excepciones a la regla y que pueden seguir haciendo bien las cosas con su nuevo disco, Born Under Saturn, en el que el amor por The Beta Band, Happy Mondays, Oingo Boingo y el krautrock quedan nuevamente plasmados, sin por ello caer en la repetición, lo cual es más que curioso, ya que es algo que no suele darse a menudo.




Cada una de las canciones de Born Under Saturn remite cada treinta segundos –no hicimos el cálculo matemático exacto, es un decir- a diferentes bandas y músicas, pero es tal la abundancia de información que no podemos determinarlo así como así y tampoco es algo que distingamos en una simple escucha. Parecen convivir varias bandas y registros en las canciones de Django Django, como sucede en la irresistible y saltarina “Shake and Tremble” o en la reposada y flotadora “First Light”. Otros puntos altos son “Reflections” (de excelente y novedoso video, búsquenlo) y “Giant”, la encargada de abrir el disco, que apenas se pueden destacar por sobre el resto de las canciones ya que el nivel es sumamente parejo.





La única precaución a tener en cuenta al escuchar este disco (basada en experiencias personales de quien esto escribe) es el hecho de hacerlo con auriculares en la vía pública, ya que, de verse demasiado inmerso en él, uno puede terminar tirándose un paso delante de los transeúntes que, confundidos, lo pueden tomar a usted como un loco, injustamente, claro está.  Born Under Saturn es demasiado contagioso como para no caer bajo su influjo, pero a veces es bueno dejarse llevar, más aún al ritmo de la buena música.


(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog

martes, 2 de junio de 2015

Hermanos de Sangre

Luego del cimbronazo que supuso Macumba (2009, Sondor/ Estamos Felices) tanto en su propia discografía como en la escena montevideana en su momento, Hablan por la Espalda (de aquí en más HPLE) ataca de nuevo luego de casi seis años de silencio discográfico -es cierto que salió Celebración en el 2012, pero el mismo estaba compuesto por lados B y versiones de Macumba más algún cover- con su nueva placa, Sangre (Little Butterfly/Laja/Algo/Rastrillo/GULP), en la cual siguen por la misma senda de su antecesor, mezclando su amor por The Doors, The Stooges y el hardcore de Black Flag de antaño con el candombe y el rock uruguayo de los ’70, al que todavía pocos conocen pero que, quizás gracias a ellos y a dicho disco, algunos más conozcan.

Si bien es notorio el nexo con su disco previo, en el cual los HPLE viraron del hardcore punk al candombe beat de El Kinto y Tótem y al rock ‘n’ blues de Opus Alfa, Jesús Figueroa y Días de Blues, pegando uno de los volantazos estilísticos más notorios y llamativos en el rock yorugua, lo cierto es que también pueden rastrearse otras influencias más ligadas al rock psicodélico latinoamericano (no sería desacertado decir que hay un “algo” del mejor Santana, el de los dos primeros discos) y al protopunk de Los Saicos.




El disco abre con la poderosa y, perdón por la redundancia, incendiaria “Himno del Incendio”, que deja bien en claro de qué va el disco. Sin embargo, en lugar de seguir por la misma línea, la banda baja unos decibeles para el tema que le sigue, “Puede Ser”, con la que nos indican que también hay lugar para la reflexión y lo introspectivo sin perder la fuerza. Pero estos momentos no duran tanto porque para el tercer tema nos llevan a un paseo a toda velocidad con “Cabeza de Moto”, tema que guiado por el serpenteante teclado nos lleva junto a ellos por un recorrido salvaje que te puede hacer “terminar en el hospital”. Pero el cambio de registro entre tema y tema (e inclusive dentro de un mismo tema) parece ser una de las máximas de la banda, ya que para el cuarto tema (“La Procesión”) puede desconcertarnos la voz de Fermín Solana al comienzo de aquel, para en el estribillo, volver a las fuentes. Así de desconcertante puede resultarnos también la “Canción del Remedio”, lo más cercano a una balada que podamos encontrar en toda la discografía de HPLE.

Así será el recorrido por los ocho temas que componen Sangre: cambiante, enérgico y visceral, producto de “dramáticas circunstancias atravesadas por integrantes de la banda durante los años 2012 y 2013” como dejan en claro en su cuenta de Bandcamp y hecho que no esconden en sus letras, que de tan sinceras y filosas, cortan. Los HPLE hacen catarsis, invocan a los que perdieron en el camino y siguen con el fuego encendido, como siempre, a mil por hora. Porque como reza uno de los temas, en los días más oscuros, fueron capaces de ver la luz.





(*) Este artículo fue publicado previamente en IndieHoy

Sweet Home Alabama

Los Alabama Shakes confirman su gran momento y nos dejan en claro que son una banda a seguir, superando el desafío de un segundo disco a la altura de su gran debut.

Es difícil, más aún en estos días, debutar con un gran disco y estar a la altura con el segundo. Le ha pasado a varias bandas en lo que va de este nuevo milenio el editar un primer álbum prometedor y luego no poder encontrarle la vuelta para cumplir con las exigencias que el segundo conlleva. La lista es larga pero podemos mencionar a muchas de las conocidas en su momento como the the bands  (The Coral, The Music, The Vines y si se quiere hasta los propios The Strokes) que han pasado por ese momento clave en el que debían dejar en claro que no eran banda de un solo disco.

Por suerte eso no le sucede a Alabama Shakes, cuyo debut Boys and Girls (2012) auguraba un gran futuro; aunque hasta no tener un sucesor no se podía saber si iba a materializarse. Sin embargo, los liderados por Brittany Howard (¡esa voz!) lo lograron y pelaron un disco imbatible con Sound and Color, que ya desde los primeros acordes del tema que le da nombre se presenta atmosférico e inquietante,  para luego dar paso a ese clásico instantáneo de su repertorio que es “Don’t Wanna Fight”.



Las  influencias de rock sureño y soul siguen ahí, en su justo lugar. Pero lo que quizás haga que este disco se diferencie de su antecesor son sus climas más reposados y calmos. La banda suena menos garagera y mucho más pulida, pero sin perder nunca la fuerza. En Sound & Color prevalecen los midtempos y la sutileza antes que la furia desatada en muchos de los temas que los pusieron hace casi tres años en el mapa musical.




Temas como “Give Me All YourLove”, “Dunes” y “This Feeling” ganan contundencia con las sucesivas escuchas y dejan en claro que la banda tiene todos sus movimientos calculados. Parecieran afirmar que no es necesario más volumen ni distorsión para conmover. Incluso en los temas más movidos (“The Greatest” y “Shoegaze”) hay una calma sobrecogedora tanto en la ejecución como en la voz. Seguramente para aquellos que los conocieron por temas como “Hold On”,}  esto sea un notorio giro interpretativo. Se nota en su música menos Allman Brothers y más Motown, lo cual no es ni bueno ni malo de por sí, pero deja en claro que la banda sabe hacia dónde va. Lo cual no es poco.






(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog.uy

Tres es Multitud

Detrás del extensísimo y homónimo no-título se esconde uno de los más singulares y frescos lanzamientos de la escena independiente montevideana. El disco hecho a seis manos por estos tres paladines del indie surgió como producto de la mutua admiración y de la diversidad. Porque hay que entender una cosa: este disco está hecho por tres personas que tienen diferentes bagajes e influencias y que hacen cosas distintas por separado. Algo así como el Flopa, Manza, Minimal (2003, Azione Artigianale) pero yorugua, lo de Henry, Meyer y O’Bianchi es la suma de las diferentes fuerzas que hay en cada uno. Salvando las distancias musicales entre ambos discos –que son notorias- la idea base es similar.

Mientras que en aquel recordado disco del 2003 primaba el folk rock alla Crosby, Stills & Nash, acá lo que prevalece es el eclecticismo y, en algunos pasajes, la excentricidad y la experimentación. En varias entrevistas los tres músicos comentaron la infinidad de capas que poseen algunos temas y también la apertura a nuevas instrumentaciones que significó el disco (que se ve reflejada en la gran lista de invitados). Por lo tanto, podemos rastrear múltiples influencias, que pueden ir desde el tropicalismo de fines de los 60 al hard rock setentoso sin escalas. Justamente eso de pasar de una cosa a la otra como si de un zapping se tratase es una de las características más llamativas del disco. Claramente deliberada, la idea del mismo es reflejar la manera de escuchar música en estos tiempos de sobreinformación y la llegada de todo en nanosegundos. Cuando uno empieza a paladear una canción, ésta se termina abruptamente, ya sea con un corte seco o con sonidos ambientes de lo más diversos.



El disco abre con “Alunación 11/10”, que musicalmente puede remitirnos al primer Dyaln y por ende a Woody Guthrie, pero con campanitas, para inmediatamente después (1:47 para ser más exactos) pasar a un rock valvular (“Los Conservadores”) que nos lleva al glam de T-Rex que se diluye -nuevamente- en la exquisita “Candy Bar”, un rock “abolerado” si es que tal cosa existe. Esta canción a su vez deriva en ese viaje entre tribal y psicodélico que es “Ácido en el Trabajo”, quizás el primer tema de duración “convencional” del disco (supera los tres minutos de duración).

Así y todo, convencional es un término que se contrapone a todo el concepto del disco, ya que lo mutante y desconcertante es el eje que atraviesa al mismo que fue, justamente, producto de un “taller de composición” que los tres músicos se impusieron a sí mismos durante dos años. Lo cual (junto al conocimiento previo de la obra de los tres artistas) puede permitir entender más lo descontracturado (y desestructurado) que suena todo, a pesar del gran sonido obtenido en temas de títulos tan delirantes como HOTEL Spinetta”, “Día del Cerebro”, “Arañas de Arroz” u “Ovni Dorado”.

Una rara avis por donde se lo mire, desde el método compositivo que usaron los tres músicos para llegar a las canciones, los títulos de las mismas y hasta su presentación en sociedad (¡una escucha colectiva en un cineclub!), el disco es una de las más refrescantes propuestas uruguayas cosecha 2015. Desde ya, uno de los discos del año de por acá.




(*) Este artículo fue publicado previamente en IndieHoy

Noel Gallagher Mira al Pasado sin Bronca

En su segundo disco solista, el mayor de los exlíderes de Oasis sigue la misma línea de su antecesor, pero a su vez deja entrever algunos guiños a su antigua banda.

Suenan los primeros acordes del tema que abre Chasing Yesterday (“Riverman”), y lo primero que viene a  la mente es “Wonderwall”, el mega hit de Oasis cosecha ’95. ¿Casualidad? Puede que sí y puede que no, porque si leyeron bien, lo último de Noel Gallagher se llama Chasing Yesterday (persiguiendo al pasado) y si bien puede estar hablando de otra cosa, con todos los rumores que se han escuchado en estos últimos días sobre un posible reencuentro de los hermanos más histéricos  y peleadores de la historia del rock, el más grande de los dos deja abiertas las puertas de la duda. ¿Noel se reconcilia con su pasado? ¿Lo persigue porque quiere volver a él? La respuesta es tan ambigua por lo que se puede ver/oír a través del disco que puede ser un sí tímido o un no rotundo.




Por un lado los acordes iniciales de “Riverman” podrían decir que sí, que Noel se sigue copiando a sí mismo y a los Beatles, pero por la búsqueda hasta si se quiere bailable de algunos temas, poseedores de un groove que, en su caso, nunca llega a explotar del todo (que remite seguramente a esos días en que un jovencísimo Noel escuchaba música house en The Haçienda, el mítico boliche regenteado por los New Order que hizo bailar a Inglaterra entre fines de los 80 y principios de los 90 y que inmortalizó a la ciudad de Manchester como Madchester) y de elementos impensables en épocas del reinado britpop como un solo de saxo (¡!) en el mencionado primer tema que hace acordar un poquitín al de “Money” de Pink Floyd, Noel desconcierta y siembra la duda. “Es o se hace” se preguntarán sus fans más acérrimos. La ambigüedad en este aspecto es la que sobrevuela todo el disco.

Hay momentos buenos (quien esto escribe cree que este tema con solo de saxofón es una bienvenida vuelta de tuerca al mundo del Gallagher más crecidito), momentos más o menos y de los otros, los más chatos y a los que nos tenía acostumbrado Oasis en su último par de discos, quizás solo apreciables para quienes son devotos de la banda mancuniana.




Así y todo el hit “In the Heat of the Moment” (perdón por lo cacofonía de la frase pero es la mixtura de idiomas lo que la genera), la ganchera “Lock All the Doors”, la más reposada de “The Dying of the Light” y  “The Ballad of the Mighty I”, la canción encargada de cerrar el disco y la del invitado lujoso, ya que cuenta con Johnny Marr en guitarra, son un puñado de temas más que atendibles y con sustancia, que fuera del anacronismo y tradición que representan en parte, significan un nuevo empujoncito por mostrar que Noel no es un cerrado que se quedó en los Beatles, el glam rock de David Bowie y T-Rex y la energía de los Stone Roses, sino un señor un poco más maduro que está abierto a nuevos sonidos, es decir, a sonidos que nunca acostumbró siquiera a transitar en su mañana de gloria (el saxo) y a dejarse secundar por una voz femenina como sucede en “The Right Stuff”.
Clásico y moderno para sus estándares, Noel Gallagher deja un disco que seguramente dividirá las aguas entre quienes lo aman o lo odian, no tanto por lo musical, sino más bien por lo que puede representar con  respecto a su pasado y a sus dichos.




(*) Este artículo fue publicado previamente en Revista Moog.uy